Entrevista realizada por Diego Díaz para Atlántica XXII, nº 6, págs. 8-9
¿Ve alguna novedad sustancial en el reciente avance electoral en diferentes países europeos de los partidos situados a la izquierda de la socialdemocracia?
En general, la Europa meridional resiste al cambio social y de valores. El movimiento obrero y los partidos que parten de la matriz ideológica del socialismo siguen conservando cierta vitalidad. En Grecia, por ejemplo, la última revuelta social se construye en torno a un discurso muy clásico: anarquismo, obrerismo y marxismo-leninismo. Esto demuestra la vitalidad de las matrices ideológicas socialistas en un contexto nuevo, aunque queda por ver si es productiva. En Francia, se da una situación intermedia, persisten los comunistas y los trotskistas, pero también hay unos Verdes, muy particulares. Unos ecologistas bastante a la francesa que si te descuidas se ponen a favor de las centrales nucleares. Tal vez en Europa del sur el único caso, más o menos exitoso, de evolución de un partido heredero de la tradición socialista hacia un modelo verde, más nórdico, sea el del PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya) y su refundación como ICV (Iniciativa per Catalunya-Els Verts). ICV es capaz de reunir a Joan Saura, que es el tipo de L'Hospistalet, que viene de la periferia obrera barcelonesa, y a Joan Herrera, que es el tipo majo de la bicicleta, que ha frecuentado los movimientos sociales. La izquierda catalana, gracias a intelectuales como Manuel Sacristán o Paco Fernández Buey, el grupo de la revista Mientras Tanto, logró realizar una síntesis entre los viejos valores de la izquierda y las nuevas corrientes post-68.
Sin embargo, en el epicentro del movimiento verde ―Alemania―, aparece ahora un nuevo partido, Die Linke (La lzquierda), abiertamente socialista.
Lo que es interesante en este caso es que se abre una brecha donde menos se esperaba, en una socialdemocracia alemana, impermeable a giros izquierdistas y en la que la línea conservadora siempre se había impuesto en cualquier debate. La novedad que aporta Die Linke es su éxito en el Occidente, los post comunistas nunca habían logrado salir de su feudo oriental y, ahora, gracias a Oskar Lafontaine y a los disidentes del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania), han logrado hacerse un hueco electoral en la otra Alemania.
¿Qué opinión le merece el giro radical de alguien como Lafontaine, un líder socialdemócrata que había sido incluso ministro de finanzas de Gerard Schroeder?
Lafontaine es un jacobino populista, muy alejado de la imagen del típico cuadro negociador del SPD. Tiene un discurso muy emocional y es capaz de meterse a la gente en el bolsillo. Como secretario general del SPD, Lafontaine ya había intentado llevar al partido hacia posiciones más a la izquierda. El Programa de Berlín de 1989 fue un intento de renovar la socialdemocracia y responder al desafío de unos Verdes en alza, Luego, como ministro de Finanzas del primer gobierno de Schroeder, trató de tasar los flujos del capital especulativo y eso lo enemistó profundamente con los grandes grupos financieros.
¿Y Francia? Aquí la izquierda aparece tremendamente fragmentada, comunistas, trotskistas varios, verdes...
La trifulca que se ha montado en el Partido Socialista Francés es tan grande que ha permitido la irrupción de todos estos pequeños partidos a su izquierda. Allí la televisión y los medios de comunicación permiten unos debates muy plurales, en los que está representada toda la política parisina, desde la extrema derecha hasta la extrem a izquierda. Oliver Besancenot, el líder de la LCR (Liga Comunista Revolucionaria), ahora reconvertida en el NPA (Nuevo Partido Anticapitalista), jugando al papel de precario bueno, ha logrado un público. El NPA, más allá de su presencia mediática, carece de una base electoral sólida. La mayoría no son obreros, sino trabajadores de servicios y funcionarios. En las últimas europeas parecía que iban a captar el voto del descontento, pero han sido Los Verdes los que se han llevado el gato al agua. En todo caso, es también un fenómeno casi exclusivamente mediático, porque en Francia Los Verdes son una marca electoral sin apenas tejido social. En cuanto al PCF (Partido Comunista Francés), fue un partido enorme y sigue disponiendo de unos recursos importantes. En su día fueron incapaces de montar algo parecido a IU y, ahora, han tratado de hacerlo, tarde y mal, como reacción al NPA, creando el Frente de Izquierdas.
Por último, Portugal y la irrupción en escena de un Bloco de Esquerdas, que logra superar en las generales a los comunistas.
El Bloco es un proceso muy interesante, directamente inspirado en el Bloque Nacionalista Galego. Troskistas, maoístas y disidentes del Partido Comunista Portugués descubren en Galiza un modelo federal donde pueden convivir militantes afiliados a organizaciones políticas y otros muchos independientes. Ven además que el BNG es capaz de lograr una fuerte presencia electoral, desplazando incluso al PC de Galiza como principal partido a la izquierda de la socialdemocracia. Los portugueses cuentan con un sistema electoral más proporcional, que beneficia a los partidos pequeños. El sector que viene del maoísmo, aunque es bastante dinosaurio, deja hacer a los trotskistas, que controlan principalmente el sector intelectual. Mi previsión en todo caso es que va a ser dificil que superen la barrera del 10 por ciento.
diumenge, de març 14, 2010
dimarts, de febrer 23, 2010
[ cat ] Videofòrum sobre l’esquerra radical alemanya
Dijous 25 a l’Ateneu Layret (Carrer de Villarroel 49) de 20h00 a 23h00:

Videofòrum sobre l’esquerra radical alemanya dels anys setanta i el seu llegat
RAF-Fracció de l’Exèrcit Roig (Uli Edel, 2008)
amb Raimundo Viejo Viñas, professor de Ciència Política de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) i especialista en política alemanya
Us esperem a totes i tots!

Videofòrum sobre l’esquerra radical alemanya dels anys setanta i el seu llegat
RAF-Fracció de l’Exèrcit Roig (Uli Edel, 2008)
amb Raimundo Viejo Viñas, professor de Ciència Política de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) i especialista en política alemanya
Us esperem a totes i tots!
[ es ] Más acá del Estado de las Autonomías
Versión extendida del artículo del mismo título publicado por Diagonal (nº 120, 18 de febrero de 2010, págs. 34-35)

Allá por 1793, en los turbulentos giros de la Revolución que alumbraron el constitucionalismo moderno, el proyecto de la Constitución francesa decía en su artículo 33: «Un pueblo tiene siempre el derecho de revisar, de reformar y de cambiar su Constitución. Una generación no tiene el derecho de subordinar las generaciones futuras a sus Leyes; y toda herencia en las funciones es absurda y tiránica». El artículo se hacía eco del más conocido apotegma de Condorcet «a cada generación, su Constitución» y dejaba bien claro que no es posible que un orden constitucional pueda pretenderse eterno sin abocarse por ello mismo a la tiranía.
Desde esta perspectiva no nos debería sorprender que con el paso de los años se haya operado en la política española un extraño desplazamiento en relación a la Constitución. No pocos entre quienes se resistían antaño a cambiar la dictadura franquista por una democracia liberal, se presentan ahora como defensores acérrimos y salvaguardas de la ley fundamental, mientras que algunos de sus defensores de otrora se cuestionan hoy su vigencia de forma más o menos abierta. Al igual que entonces, los conservadores se resisten hoy a cuestionarse las estructuras del régimen en vigor como si en 1978 hubiésemos alcanzado una panacea política y la historia pudiese congelarse o llegar a un supuesto fin.
Y si todo esto es cierto para la Constitución en su conjunto, tanto más para la articulación territorial del Estado y la cuestión nacional. Como es sabido, los pactos constitucionales de 1978 no zanjaron la organización territorial del Estado, sino que procedieron más bien a superponer al Estado centralizado de las diputaciones, un inacabado y descentralizante Estado de las Autonomías. Por aquel entonces, el temor a hablar de un modelo federal con todas sus implicaciones (y, sobre todo, la creación de los Estados a federar) conllevó un acuerdo que no hizo sino preterir la cuestión nacional. Desde la instauración del régimen actual, sin embargo, la descentralización ha progresado al punto de que actualmente las comunidades autónomas gestionan el 40% del gasto público con el 50% de los empleados públicos. El Estado español es hoy uno de los más descentralizados de Europa, aunque no por ello uno de los más federalizados.
En este mismo tiempo, el progreso de la cultura de la descentralización se ha llevado a cabo disociado de la deliberación pública sobre el modelo de Estado, como si de realidades inconexas se tratara: el funcionamiento institucional, por un lado, y el debate político, por otro. La razón de fondo se encuentra en el carácter abierto e inacabado de los procesos de descentralización (por ejemplo, en la transferencia de competencias) y en sus paradojas ideológicas (por ejemplo, la existencia de nacionalidades sin nación). A diferencia de otras arenas políticas sobre las que los acuerdos de la transición alcanzaron consensos institucionales muy amplios, en la cuestión nacional se optó por una suerte de “pragmatismo negacionista”, esto es, por la negociación pragmática sobre el diseño del Estado de las Autonomías desde una política de reconocimiento más que deficitaria. En la práctica este pragmatismo negacionista ha alimentado el contencioso político de las últimas tres décadas y con él al establishment de la política de partido (concretamente, a la “generación de la constitución” en el lenguaje condorcetiano).
Aquí es donde se opera y hemos de considerar, no obstante, el cambio político fundamental de nuestros días, a saber: el tránsito de la política de partido a la política de movimiento. La falta de una respuesta constitucional acabada a la cuestión nacional se ha demostrado como una fuente incesante de conflictos identitarios. Al convertirse cada decisión (por ejemplo, la transferencia de una competencia) en una decisión sobre la propia naturaleza del régimen político, el propio Estado de las Autonomías se ha constituido como arte y parte del conflicto, alimentando, por una parte, el conflicto identitario, y por otra, estimulando la difusión de los repertorios de acción colectiva de los nacionalismos sin Estado de las comunidades autónomas “nacionalidad histórica” a las comunidades autónomas “región”. No es de extrañar que el propio progreso del Estado de las Autonomías se haya traducido en la emergencia y fortalecimiento de regionalismos varios.
Por si fuera poco, el déficit de legitimidad en Euskal Herria de la Constitución de 1978 y, por ende, del Estatuto de Gernika ha venido a complicar todavía más, si cabe, el escenario político de las últimas tres décadas (aunque a veces parece olvidarse, los estatutos de autonomía son leyes derivadas de la Constitución de 1978 y no constituciones de Estados federados). En este periodo, el conflicto vasco ha operado como pivote no sólo de los demás conflictos nacionales, a la manera de un exterior constitutivo de los nacionalismos catalán y gallego, sino que al mismo tiempo ha servido de manera fundamental y decisiva al nacionalismo español en su readaptación autoritaria y desdemocratizadora al régimen constitucional como ideología de legitimación del poder soberano. Por medio del recurso sistemático a la excepción y a la cultura de la emergencia —no ajeno a los cambios globales promovidos por la guerra global permanente—, el nacionalismo español ha podido readaptar su matriz identitaria iliberal, católica y autocrática a un contexto institucional inacabado. A resultas de esto mismo, el nacionalismo español ha acabado por facilitar la emergencia de un contramovimiento nacionalista español que se puede retrotraer a las movilizaciones por el sacrificio cristológico de Miguel Ángel Blanco.
Pero el contramovimiento, como es sabido, es una forma subalterna y reactiva del movimiento. En el contexto de la nueva cultura de la emergencia (visible en el desplazamiento progresivo de la gestión político-policial a la gestión mediático-judicial del conflicto vasco) ha llegado incluso a reconstituir una hegemonía sobre el espacio público (la ideología del mal llamado “patriotismo constitucional”, de la maniquea contraposición identitaria del “soberanistas” versus “constitucionalistas”, etc.). Ello no ha impedido, empero, que desde la política de movimiento se haya reconfigurado una nueva estrategia que ha redefinido el escenario político a partir de una demanda de radicalización democrática basada en las nuevas potencialidades de la política del movimiento.
De Euskal Herria a Catalunya…
De un tiempo a esta parte asistimos a acontecimientos importantes que —a falta de desarrollos concluyentes— podemos aventurar como síntomas de un cambio de tendencia en el conflicto nacional. El desplazamiento del exterior constitutivo nacionalista español de Euskal Herria a Catalunya y la redefinición actual de la estrategia abertzale han puesto de relieve un cambio de escenario que no es sino el reflejo de una transformación mucho más profunda de lo político, a saber: el paso de la política de partido a la política de movimiento; tránsito éste que es a su vez coincidente con la emergencia del protagonismo de una “generación sin constitución” (la que no ha podido votar el ordenamiento constitucional en vigor).
En este sentido, el agotamiento de las estrategias del nacionalismo vasco —visible en el regreso a las armas de ETA, en el fracaso del Plan Ibarretxe y en la conquista del poder por el nacionalismo español gracias a la política de la excepción— ha desplazado a Catalunya el epicentro del conflicto nacional. Sintomáticamente, de hecho, ha sido en el nacionalismo catalán y no en el nacionalismo vasco donde ha progresado más el paso de la política de partido a la política de movimiento. Consideremos brevemente algunos de los desarrollos más recientes del catalanismo.
En primer lugar, el proceso de reforma del Estatut —claro ejemplo de la política de partido— arroja un preocupante déficit de legitimidad, visible por demás en todos los indicadores electorales posibles: menor participación (del 59,70% al 48,85%), menor porcentaje del Sí (del 88,15% al 73,24%), mayor porcentaje del No (del 7,76% al 20,57%), mayor porcentaje de voto en blanco (del 3,55% al 5,29%) y mayor porcentaje de voto nulo (del 0,48 al 0,90%). Por si fuera poco, medios de comunicación y partidos políticos, en un notable ejercicio de razón cínica limitaron la lectura de estos datos a tildar al ciudadano de desafecto al régimen y a entonar falsas asunciones de responsabilidades por la baja participación electoral (ejemplo de razonamiento ideológico donde los haya, la ciencia política hegemónica suele analizar la participación en términos cuantitativos, esto es, como “baja” o “alta”, y no los términos cualitativos y menos dicotómicos de una participación de calidad).
En segundo lugar, y en contraste con el proceso estatutario, nos encontramos con la movilización ciudadana del 18-F. Buen ejemplo de la política de movimiento, la Plataforma pel Dret de Decidir (PDD) convocó a la ciudadanía bajo el lema “Som una nació i tenim el dret de decidir” y obtuvo uno de los mayores respaldos sociales de que se recuerda. Y no sólo seis meses antes de la votación del Estatut, sino también más adelante, con motivo de las movilizaciones por las infraestructuras o incluso, más recientemente, y ya bajo la mutación en otras plataformas de las redes sobre las que se sostenía la PDD, por medio de la organización de consultas sobre la independencia.
Algo falla, pues, en la política de partidos y algo funciona en la política del movimiento. Entre las cosas que funcionan está claro que se encuentra una participación ciudadana formulada desde la autonomía de la sociedad y fuera de la égida gubernamental. Lo que se está dando hoy no es la desafección a la democracia, sino al gobierno representativo (a la política de partidos, medios e instituciones delegativas). Basta con observar el carácter completamente marginal de las ideologías totalitarias para darse cuenta. Nada de ello escapa, sin embargo, a un establishment político que hace tiempo que se sabe cuestionado de manera permanente y se confía a la deserción masiva de la participación institucional como la mejor manera de conservar sus parcelas de poder.
No obstante, en la búsqueda de solventar el creciente déficit de legitimidad, en las últimas décadas el gobierno representativo se ha preocupado por dar forma institucional a la participación creciente de la ciudadanía. Desafortunadamente, esto se ha hecho, por lo general, desde una lógica de tutelaje político contraria a la lógica constituyente de la política del movimiento que se ha mostrado, por demás, insuficiente a la hora de satisfacer las demandas ciudadanas. Y esto cuando desde las instituciones no se ha optado por negar directamente la iniciativa ciudadana. Sintomáticamente, se podría recordar aquí como la iniciativa legislativa popular contra los transgénicos Som lo que sembrem fue ninguneada en el Parlament después de haber conseguido, no obstante, más firmas (poco más de cien mil) que votos tienen los tres diputados del sexto partido de la cámara, Ciutadans (poco menos de ochenta mil).
Junto al fortalecimiento de la autonomía —y en parte responsable del mismo— ha progresado también un importante giro en el discurso político, ajeno a la habitual etnificación de la política de los nacionalismos sin Estado. Además de ampliar el derecho de ciudad a los jóvenes de más de 16 a 18 años, las convocatorias por la independencia han incluido en sus censos a los nouvinguts (los “recién llegados”, concepto a leer en lógica evidencia de que nadie es originario de ningún lugar, salvo quienes viven en Olduvai). Ciertamente, los detractores del catalanismo (entre ellos incluso algunos activistas catalanes) podrían aducir que este giro en el discurso es oportunista. Preferíríamos, no obstante, leer la tendencia de modo distinto, en la convicción de que el giro todavía no se ha consolidado y dista mucho de erradicar las viejas inercias y lógicas identitarias; todo lo cual no impide que estemos hablando de una transformación bien real y que alcanza a integrar a quienes quedan fuera de las concepciones aristocráticas —por restrictivas— de la ciudadanía.
Sin embargo, llegado este punto, el contraste entre la política de partido y la política de movimiento se hace cada vez más evidente. Nótese, si no, la gran diferencia que hay entre las lógicas políticas de las consultas, por una parte, y del caso de Vic y el empadronamiento de los migrantes, por otra. Mientras que en el primer caso, los partidos nacionalistas fueron subsumidos en la lógica constituyente de una nueva ciudadanía, subordinándose a los procesos asamblearios, en el segundo caso nos encontramos con una lógica del gobierno representativo en la que Esquerra o CiU se dejan arrastrar y construyen sus propios discursos en la explotación del racismo y la xenofobia de los grandes medios de comunicación.
Así las cosas, la precampaña electoral ha comenzado ya sin que todavía se conozca la sentencia sobre el Estatut. En el mundo independentista el progreso de la política de movimiento ha provocado una importante inestabilidad e inquietud en las políticas de notable y de partido. Notables como el ex conseller Joan Carretero, el alcalde Carles Mora o el presidente del Barça Joan Laporta han avanzado su intención de presentarse a las elecciones, si fuera necesario creando sus propias organizaciones o negociando el liderazgo del impulso independentista reciente.
En la política de partido, por su parte, los desarrollos recientes se encuentran directamente relacionados con la situación y estrategia de la principal organización del independentismo catalán: Esquerra Republicana de Catalunya. A pesar de la sangría permanente de votos que conoce convocatoria tras convocatoria, Esquerra ha persistido en no perder perfil como partido de gobierno. Ello le ha llevado a derivas claramente derechistas como su posición con el empadronamiento de migrantes o el impuesto de sucesiones.
Aquí se han de destacar dos estrategias alternativas. La primera, subordinada a la política de notables, ha sido la del conseller Carretero y Reagrupament que, por lo que se ve, no está dando los buenos resultados a pesar de un intencionado apoyo mediático orientado a minar a Esquerra. La segunda, subordinada a la política de movimiento, ha sido la de las Candidaturas de Unidad Popular (CUP), que han decidido no presentarse de momento a las elecciones autonómicas y seguir optando por el fortalecimiento de un proyecto municipalista, de base y en un contacto cotidiano con las luchas sociales.
…y de vuelta a Euskal Herria
Para acabar de completar el complejo panorama de estos últimos tiempos, hemos de volver la vista sobre los desarrollos recientes de la política vasca. Tras la conquista electoral-judicial del poder por el nacionalismo español, se ha abierto un escenario político inédito marcado por el paso del PNV a la oposición y el debate interno de la izquierda abertzale. Atrás ha quedado la etapa del Plan Ibarretxe y del fin de la tregua de ETA. Por delante parece inagurarse una etapa de mayor calado del que quieren reconocer los partidarios de la estrategia de la tensión y la nueva cultura de la emergencia. En este sentido, los pasos dados por la izquierda abertzale con su debate estratégico contrastan con las campañas mediáticas lanzadas desde Interior por el ministro Rubalcaba sobre una acción inminente de ETA o las más recientes insinuaciones sobre la búsqueda de financiación del grupo armado en el narcotráfico.
Cierto es que puntualmente comienzan a escucharse comentarios mínimamente críticos como las declaraciones del presidente PSE Jesús Eguiguren cuando afirma: “Creo que es sincera la voluntad de Batasuna para buscar el modo de dejar la vinculación con el terrorismo. Cuando dice que hace un debate para buscar salidas, no es una estrategia para engañar a la policía, a los periodistas, a los partidos... y colarse en las elecciones municipales”). Desafortunadamente, la falta de una iniciativa política política valiente y rompedora sigue al orden del día, tal y como se demuestra en la reciente polémica en el jucio de Otegui.
Así, el impresentable trato dispensado por la juez Murillo a un Otegui en huelga de hambre e incriminado con unas pruebas cuyo significado el propio tribunal admite desconocer por falta de una traducción entra ya directamente en el terreno de lo kafkiano y evidencia de todo punto el vergonzoso nivel de degradación a que se ha llegado por culpa de la nueva cultura de la emergencia y el excepcionalismo del soberano español. Y a pesar de ello, parece que el giro estratégico de la izquierda abertzale está progresando y puede realmente culminar en la ruptura con el modo de movilización propio de la lucha armada de base nacional en el tránsito al postfordismo (el MNLV).
Con todo, queda por verificar si este giro conlleva el cambio de gramática política que demanda el conflicto vasco. Paradójicamente, los independentistas catalanes han estado mirando hacia Euskal Herria para poder encontrar un exterior constitutivo de su identidad política y, sin embargo las cosas apuntan más bien a que, en toda la inevitable asimetría de cada nación, sea el nacionalismo vasco el que haya de mirar hacia los desarrollos más originales y recientes del catalanismo si, finalmente, desea convertirse en un actor capaz de catalizar la ruptura constituyente de estos días.

Allá por 1793, en los turbulentos giros de la Revolución que alumbraron el constitucionalismo moderno, el proyecto de la Constitución francesa decía en su artículo 33: «Un pueblo tiene siempre el derecho de revisar, de reformar y de cambiar su Constitución. Una generación no tiene el derecho de subordinar las generaciones futuras a sus Leyes; y toda herencia en las funciones es absurda y tiránica». El artículo se hacía eco del más conocido apotegma de Condorcet «a cada generación, su Constitución» y dejaba bien claro que no es posible que un orden constitucional pueda pretenderse eterno sin abocarse por ello mismo a la tiranía.
Desde esta perspectiva no nos debería sorprender que con el paso de los años se haya operado en la política española un extraño desplazamiento en relación a la Constitución. No pocos entre quienes se resistían antaño a cambiar la dictadura franquista por una democracia liberal, se presentan ahora como defensores acérrimos y salvaguardas de la ley fundamental, mientras que algunos de sus defensores de otrora se cuestionan hoy su vigencia de forma más o menos abierta. Al igual que entonces, los conservadores se resisten hoy a cuestionarse las estructuras del régimen en vigor como si en 1978 hubiésemos alcanzado una panacea política y la historia pudiese congelarse o llegar a un supuesto fin.
Y si todo esto es cierto para la Constitución en su conjunto, tanto más para la articulación territorial del Estado y la cuestión nacional. Como es sabido, los pactos constitucionales de 1978 no zanjaron la organización territorial del Estado, sino que procedieron más bien a superponer al Estado centralizado de las diputaciones, un inacabado y descentralizante Estado de las Autonomías. Por aquel entonces, el temor a hablar de un modelo federal con todas sus implicaciones (y, sobre todo, la creación de los Estados a federar) conllevó un acuerdo que no hizo sino preterir la cuestión nacional. Desde la instauración del régimen actual, sin embargo, la descentralización ha progresado al punto de que actualmente las comunidades autónomas gestionan el 40% del gasto público con el 50% de los empleados públicos. El Estado español es hoy uno de los más descentralizados de Europa, aunque no por ello uno de los más federalizados.
En este mismo tiempo, el progreso de la cultura de la descentralización se ha llevado a cabo disociado de la deliberación pública sobre el modelo de Estado, como si de realidades inconexas se tratara: el funcionamiento institucional, por un lado, y el debate político, por otro. La razón de fondo se encuentra en el carácter abierto e inacabado de los procesos de descentralización (por ejemplo, en la transferencia de competencias) y en sus paradojas ideológicas (por ejemplo, la existencia de nacionalidades sin nación). A diferencia de otras arenas políticas sobre las que los acuerdos de la transición alcanzaron consensos institucionales muy amplios, en la cuestión nacional se optó por una suerte de “pragmatismo negacionista”, esto es, por la negociación pragmática sobre el diseño del Estado de las Autonomías desde una política de reconocimiento más que deficitaria. En la práctica este pragmatismo negacionista ha alimentado el contencioso político de las últimas tres décadas y con él al establishment de la política de partido (concretamente, a la “generación de la constitución” en el lenguaje condorcetiano).
Aquí es donde se opera y hemos de considerar, no obstante, el cambio político fundamental de nuestros días, a saber: el tránsito de la política de partido a la política de movimiento. La falta de una respuesta constitucional acabada a la cuestión nacional se ha demostrado como una fuente incesante de conflictos identitarios. Al convertirse cada decisión (por ejemplo, la transferencia de una competencia) en una decisión sobre la propia naturaleza del régimen político, el propio Estado de las Autonomías se ha constituido como arte y parte del conflicto, alimentando, por una parte, el conflicto identitario, y por otra, estimulando la difusión de los repertorios de acción colectiva de los nacionalismos sin Estado de las comunidades autónomas “nacionalidad histórica” a las comunidades autónomas “región”. No es de extrañar que el propio progreso del Estado de las Autonomías se haya traducido en la emergencia y fortalecimiento de regionalismos varios.
Por si fuera poco, el déficit de legitimidad en Euskal Herria de la Constitución de 1978 y, por ende, del Estatuto de Gernika ha venido a complicar todavía más, si cabe, el escenario político de las últimas tres décadas (aunque a veces parece olvidarse, los estatutos de autonomía son leyes derivadas de la Constitución de 1978 y no constituciones de Estados federados). En este periodo, el conflicto vasco ha operado como pivote no sólo de los demás conflictos nacionales, a la manera de un exterior constitutivo de los nacionalismos catalán y gallego, sino que al mismo tiempo ha servido de manera fundamental y decisiva al nacionalismo español en su readaptación autoritaria y desdemocratizadora al régimen constitucional como ideología de legitimación del poder soberano. Por medio del recurso sistemático a la excepción y a la cultura de la emergencia —no ajeno a los cambios globales promovidos por la guerra global permanente—, el nacionalismo español ha podido readaptar su matriz identitaria iliberal, católica y autocrática a un contexto institucional inacabado. A resultas de esto mismo, el nacionalismo español ha acabado por facilitar la emergencia de un contramovimiento nacionalista español que se puede retrotraer a las movilizaciones por el sacrificio cristológico de Miguel Ángel Blanco.
Pero el contramovimiento, como es sabido, es una forma subalterna y reactiva del movimiento. En el contexto de la nueva cultura de la emergencia (visible en el desplazamiento progresivo de la gestión político-policial a la gestión mediático-judicial del conflicto vasco) ha llegado incluso a reconstituir una hegemonía sobre el espacio público (la ideología del mal llamado “patriotismo constitucional”, de la maniquea contraposición identitaria del “soberanistas” versus “constitucionalistas”, etc.). Ello no ha impedido, empero, que desde la política de movimiento se haya reconfigurado una nueva estrategia que ha redefinido el escenario político a partir de una demanda de radicalización democrática basada en las nuevas potencialidades de la política del movimiento.
De Euskal Herria a Catalunya…
De un tiempo a esta parte asistimos a acontecimientos importantes que —a falta de desarrollos concluyentes— podemos aventurar como síntomas de un cambio de tendencia en el conflicto nacional. El desplazamiento del exterior constitutivo nacionalista español de Euskal Herria a Catalunya y la redefinición actual de la estrategia abertzale han puesto de relieve un cambio de escenario que no es sino el reflejo de una transformación mucho más profunda de lo político, a saber: el paso de la política de partido a la política de movimiento; tránsito éste que es a su vez coincidente con la emergencia del protagonismo de una “generación sin constitución” (la que no ha podido votar el ordenamiento constitucional en vigor).
En este sentido, el agotamiento de las estrategias del nacionalismo vasco —visible en el regreso a las armas de ETA, en el fracaso del Plan Ibarretxe y en la conquista del poder por el nacionalismo español gracias a la política de la excepción— ha desplazado a Catalunya el epicentro del conflicto nacional. Sintomáticamente, de hecho, ha sido en el nacionalismo catalán y no en el nacionalismo vasco donde ha progresado más el paso de la política de partido a la política de movimiento. Consideremos brevemente algunos de los desarrollos más recientes del catalanismo.
En primer lugar, el proceso de reforma del Estatut —claro ejemplo de la política de partido— arroja un preocupante déficit de legitimidad, visible por demás en todos los indicadores electorales posibles: menor participación (del 59,70% al 48,85%), menor porcentaje del Sí (del 88,15% al 73,24%), mayor porcentaje del No (del 7,76% al 20,57%), mayor porcentaje de voto en blanco (del 3,55% al 5,29%) y mayor porcentaje de voto nulo (del 0,48 al 0,90%). Por si fuera poco, medios de comunicación y partidos políticos, en un notable ejercicio de razón cínica limitaron la lectura de estos datos a tildar al ciudadano de desafecto al régimen y a entonar falsas asunciones de responsabilidades por la baja participación electoral (ejemplo de razonamiento ideológico donde los haya, la ciencia política hegemónica suele analizar la participación en términos cuantitativos, esto es, como “baja” o “alta”, y no los términos cualitativos y menos dicotómicos de una participación de calidad).
En segundo lugar, y en contraste con el proceso estatutario, nos encontramos con la movilización ciudadana del 18-F. Buen ejemplo de la política de movimiento, la Plataforma pel Dret de Decidir (PDD) convocó a la ciudadanía bajo el lema “Som una nació i tenim el dret de decidir” y obtuvo uno de los mayores respaldos sociales de que se recuerda. Y no sólo seis meses antes de la votación del Estatut, sino también más adelante, con motivo de las movilizaciones por las infraestructuras o incluso, más recientemente, y ya bajo la mutación en otras plataformas de las redes sobre las que se sostenía la PDD, por medio de la organización de consultas sobre la independencia.
Algo falla, pues, en la política de partidos y algo funciona en la política del movimiento. Entre las cosas que funcionan está claro que se encuentra una participación ciudadana formulada desde la autonomía de la sociedad y fuera de la égida gubernamental. Lo que se está dando hoy no es la desafección a la democracia, sino al gobierno representativo (a la política de partidos, medios e instituciones delegativas). Basta con observar el carácter completamente marginal de las ideologías totalitarias para darse cuenta. Nada de ello escapa, sin embargo, a un establishment político que hace tiempo que se sabe cuestionado de manera permanente y se confía a la deserción masiva de la participación institucional como la mejor manera de conservar sus parcelas de poder.
No obstante, en la búsqueda de solventar el creciente déficit de legitimidad, en las últimas décadas el gobierno representativo se ha preocupado por dar forma institucional a la participación creciente de la ciudadanía. Desafortunadamente, esto se ha hecho, por lo general, desde una lógica de tutelaje político contraria a la lógica constituyente de la política del movimiento que se ha mostrado, por demás, insuficiente a la hora de satisfacer las demandas ciudadanas. Y esto cuando desde las instituciones no se ha optado por negar directamente la iniciativa ciudadana. Sintomáticamente, se podría recordar aquí como la iniciativa legislativa popular contra los transgénicos Som lo que sembrem fue ninguneada en el Parlament después de haber conseguido, no obstante, más firmas (poco más de cien mil) que votos tienen los tres diputados del sexto partido de la cámara, Ciutadans (poco menos de ochenta mil).
Junto al fortalecimiento de la autonomía —y en parte responsable del mismo— ha progresado también un importante giro en el discurso político, ajeno a la habitual etnificación de la política de los nacionalismos sin Estado. Además de ampliar el derecho de ciudad a los jóvenes de más de 16 a 18 años, las convocatorias por la independencia han incluido en sus censos a los nouvinguts (los “recién llegados”, concepto a leer en lógica evidencia de que nadie es originario de ningún lugar, salvo quienes viven en Olduvai). Ciertamente, los detractores del catalanismo (entre ellos incluso algunos activistas catalanes) podrían aducir que este giro en el discurso es oportunista. Preferíríamos, no obstante, leer la tendencia de modo distinto, en la convicción de que el giro todavía no se ha consolidado y dista mucho de erradicar las viejas inercias y lógicas identitarias; todo lo cual no impide que estemos hablando de una transformación bien real y que alcanza a integrar a quienes quedan fuera de las concepciones aristocráticas —por restrictivas— de la ciudadanía.
Sin embargo, llegado este punto, el contraste entre la política de partido y la política de movimiento se hace cada vez más evidente. Nótese, si no, la gran diferencia que hay entre las lógicas políticas de las consultas, por una parte, y del caso de Vic y el empadronamiento de los migrantes, por otra. Mientras que en el primer caso, los partidos nacionalistas fueron subsumidos en la lógica constituyente de una nueva ciudadanía, subordinándose a los procesos asamblearios, en el segundo caso nos encontramos con una lógica del gobierno representativo en la que Esquerra o CiU se dejan arrastrar y construyen sus propios discursos en la explotación del racismo y la xenofobia de los grandes medios de comunicación.
Así las cosas, la precampaña electoral ha comenzado ya sin que todavía se conozca la sentencia sobre el Estatut. En el mundo independentista el progreso de la política de movimiento ha provocado una importante inestabilidad e inquietud en las políticas de notable y de partido. Notables como el ex conseller Joan Carretero, el alcalde Carles Mora o el presidente del Barça Joan Laporta han avanzado su intención de presentarse a las elecciones, si fuera necesario creando sus propias organizaciones o negociando el liderazgo del impulso independentista reciente.
En la política de partido, por su parte, los desarrollos recientes se encuentran directamente relacionados con la situación y estrategia de la principal organización del independentismo catalán: Esquerra Republicana de Catalunya. A pesar de la sangría permanente de votos que conoce convocatoria tras convocatoria, Esquerra ha persistido en no perder perfil como partido de gobierno. Ello le ha llevado a derivas claramente derechistas como su posición con el empadronamiento de migrantes o el impuesto de sucesiones.
Aquí se han de destacar dos estrategias alternativas. La primera, subordinada a la política de notables, ha sido la del conseller Carretero y Reagrupament que, por lo que se ve, no está dando los buenos resultados a pesar de un intencionado apoyo mediático orientado a minar a Esquerra. La segunda, subordinada a la política de movimiento, ha sido la de las Candidaturas de Unidad Popular (CUP), que han decidido no presentarse de momento a las elecciones autonómicas y seguir optando por el fortalecimiento de un proyecto municipalista, de base y en un contacto cotidiano con las luchas sociales.
…y de vuelta a Euskal Herria
Para acabar de completar el complejo panorama de estos últimos tiempos, hemos de volver la vista sobre los desarrollos recientes de la política vasca. Tras la conquista electoral-judicial del poder por el nacionalismo español, se ha abierto un escenario político inédito marcado por el paso del PNV a la oposición y el debate interno de la izquierda abertzale. Atrás ha quedado la etapa del Plan Ibarretxe y del fin de la tregua de ETA. Por delante parece inagurarse una etapa de mayor calado del que quieren reconocer los partidarios de la estrategia de la tensión y la nueva cultura de la emergencia. En este sentido, los pasos dados por la izquierda abertzale con su debate estratégico contrastan con las campañas mediáticas lanzadas desde Interior por el ministro Rubalcaba sobre una acción inminente de ETA o las más recientes insinuaciones sobre la búsqueda de financiación del grupo armado en el narcotráfico.
Cierto es que puntualmente comienzan a escucharse comentarios mínimamente críticos como las declaraciones del presidente PSE Jesús Eguiguren cuando afirma: “Creo que es sincera la voluntad de Batasuna para buscar el modo de dejar la vinculación con el terrorismo. Cuando dice que hace un debate para buscar salidas, no es una estrategia para engañar a la policía, a los periodistas, a los partidos... y colarse en las elecciones municipales”). Desafortunadamente, la falta de una iniciativa política política valiente y rompedora sigue al orden del día, tal y como se demuestra en la reciente polémica en el jucio de Otegui.
Así, el impresentable trato dispensado por la juez Murillo a un Otegui en huelga de hambre e incriminado con unas pruebas cuyo significado el propio tribunal admite desconocer por falta de una traducción entra ya directamente en el terreno de lo kafkiano y evidencia de todo punto el vergonzoso nivel de degradación a que se ha llegado por culpa de la nueva cultura de la emergencia y el excepcionalismo del soberano español. Y a pesar de ello, parece que el giro estratégico de la izquierda abertzale está progresando y puede realmente culminar en la ruptura con el modo de movilización propio de la lucha armada de base nacional en el tránsito al postfordismo (el MNLV).
Con todo, queda por verificar si este giro conlleva el cambio de gramática política que demanda el conflicto vasco. Paradójicamente, los independentistas catalanes han estado mirando hacia Euskal Herria para poder encontrar un exterior constitutivo de su identidad política y, sin embargo las cosas apuntan más bien a que, en toda la inevitable asimetría de cada nación, sea el nacionalismo vasco el que haya de mirar hacia los desarrollos más originales y recientes del catalanismo si, finalmente, desea convertirse en un actor capaz de catalizar la ruptura constituyente de estos días.
dilluns, de febrer 22, 2010
[ cat ] Xerrada: Autodeterminació i construcció nacional
dissabte, de febrer 20, 2010
[ es ] ¿Deberían las redes activistas del movimiento salvar a la izquierda?
Más notas sobre el la política del movimiento y el interfaz representativo

Se avecinan tiempos electorales y pronostican un posible giro a la derecha. Las oposiciones del PP a nivel estatal, como de CiU a nivel nacional, son un buen ejemplo de hasta qué punto las formaciones de derechas se limitan a esperar a que la lógica pendular de la alternancia les devuelva al poder. Conscientes de que no pueden desvelar que, de estar gestionando ellos la crisis, lxs precarixs estaríamos en estos momentos todavía mucho peor (reforma laboral, más recortes sociales, más regalos fiscales, etc), se contentan con explotar la estructura de oportunidad que les brinda la crisis y los errores (por veces muy sonados) de la izquierda gobernante, para preparar su regreso al poder. Primeros interesados en favorecer la mal llamada "desafección política" (en rigor, la deserción ciudadana del gobierno representativo), los líderes de las derechas cuentan con que en la rebaja del "todos son iguales" se haga posible el cálculo electoral que desplace el votante de centro hacia la derecha con el único objetivo del cambio por el cambio (la alternancia, que no la alternativa).
¿De nuevo en manos del votante de centro?
Ante la perspectiva del cambio electoral, los grandes medios de comunicación se aplican una vez más al viejo truco del centro político. El centro, como es sabido, aunque a menudo olvidado, no es una posición política, sino más bien un lugar de tránsito (de la izquierda hacia la derecha; de la derecha hacia la izquierda) que se suele esgrimir con el objeto de presionar a gobierno y oposición a fin de que obedezcan a un mando efectivo no pocas veces situado fuera del marco estatal en las instituciones del capitalismo global (así, por ejemplo, "los mercados financieros internacionales" que al parecer están tan descontentos con Zapatero). Una vez más, el constructo mediático del votante de centro articula aquí la deliberación pública. Dando por sentado el secuestro identitario (aunque menguante) de los electores de izquierdas y derechas en sus respectivas trincheras, el votante de centro es presentado como el decisor efectivo de la contienda electoral. De su voluble voluntad, se nos dice, dependen nuestros destinos. Y a fuerza de ser considerado como un hecho inevitable, hemos confirmado la profecía que se autorealiza.
En efecto, el viejo truco del centro está anclado en bases tan sólidas como nuestra categorización judeocristiana del mundo. Izquierda y derecha son dos conceptos políticos nacidos al calor de la institucionalización del gobierno representativo que siguió a la Revolución de 1789. Su resonancia como marco interpretativo del mundo (frame), es, no obstante, mucho más antigua y sólo se inscribe y entiende en la lógica categorial diádica y maniquea del blanco y negro, alto y bajo, luz y oscuridad, arriba y abajo, etc. A nadie debería sorprender los campos semánticos en que se construyen y operan izquierda y derecha como conceptos políticos. La primera, la siniestra, lo siniestro, lo oscuro, lo de abajo; la segunda lo derecho, lo correcto, lo claro, lo de arriba... Acaso el mayor logro histórico de los contrarrevolucionarios (y el mayor fracaso de quienes han aspirado a la emancipación del ser humano) haya sido precisamente éste.
No obstante, en esta categorización judeocristiana de la política, izquierda y derecha no son en modo alguno dos fuerzas iguales o simétricas, un equilibrio perfecto a la manera del yin y el yang, o de las derivas sectarias de cátaros, bogomilos o maniqueos. Antes bien, el dualismo judeocristiano, enunciado en los esquemas ideológicos de la trascendencia, comporta una moralización del mundo que hace posible un determinado tipo de gobernanza. Gracias a la teleología que informa esta moralización resulta posible la producción del mando, la orientación moral y disciplinaria de las conductas, la dirección política de la sociedad: al no ser simétricas izquierda y derecha, la primera siempre ha de ser resistencia a ser dominado; la segunda, dominación. Y dado que los recursos no se encuentran distribuidos por igual, al final la derecha cuenta a su favor con la inercia, con la lógica de la construcción trascendente del mundo. Nadie mejor que Hegel entendió y dio forma filosófica a todo ello, adelantándose, comprendiendo e incluso cercenando a priori, a su más brillante discípulo, Karl Marx.
Más allá de izquierda y derecha
¿Pero han de ser las cosas necesariamente así? ¿Nos encontramos irremediablemente encerrados en la lógica diádica (incluso dialéctica) de nuestra cultura o es posible la fuga, la búsqueda del tercero? Y si no ha de ser así ¿cómo desmontar el círculo vicioso de la alternancia y favorecer una estrategia emancipatoria efectiva? Vayamos por partes. Lo primero que hemos de considerar es el carácter construido del discurso político. Construido no significa, empero, que sea inevitablemente artificioso, aunque sí artificial. Podemos ser en el mundo gracias a determinados esquemas interpretativos de la realidad (frames) que no necesariamente han de ser verdaderos, pero que disponen, por ello mismo de una particular condición: ser generadores de realidad. El sociólogo I.W. Thomas lo explicó por medio de un célebre apotegma: "aquello que es considerado como real, es real en sus consecuencias".
Izquierda y derecha no son reales en el sentido de Thomas, tal y como se demuestra en los debates bizantinos sobre qué es izquierda (sintomáticamente, tal y como reconoció Habermas en su día, nadie se pregunta qué es derecha, a pesar de que la respuesta a qué es izquierda sea tan sencilla como "todo aquello que no es derecha"), pero vaya que si son reales en sus consecuencias! Si queremos escapar a la doble trampa de la alternancia y la subalternidad (esta afecta a las pequeñas formaciones principalmente situadas más a la izquierda del PSOE) parece bastante evidente que se ha de comenzar por deconstruir el aparato categorial que hemos heredado. La tarea filosófica e incompleta de Nietzsche y los Lebensphilosophen, de Wittgenstein y los filósofos del lenguaje, de Deleuze y Guattari y el esquizoanálisis, constituyen pistas en el pensamiento occidental, rastros que nos conducen a tiempos anteriores a nuestra cristianización y que todavía no han encontrado en la quiebra de la modernidad una proyección política suficiente o cuando menos capaz de interferir sobre la estructura del mando, sobre la lógica del gobierno representativo, sobre la concepción transcendente del poder soberano. Si se quiere pensar la emancipación (que no la izquierda) todo apunta a que tengamos de comenzar por aquí.
Con todo, la labor de producción de un constructo alternativo (que no alternante) no comienza de cero. Su genealogía se remonta a los grandes cismas del cristianismo, al materialismo moderno y más recientemente a las rupturas categoriales que en su momento intentó promover la ecología política. Al fin y al cabo, la historia de la emancipación no es sino la historia de la escisión constituyente, de la ruptura con el mando. Es en este sentido donde adquiere plena vigencia la voluntad de lxs verdes de primera hora (poco o nada que ver con los pequeños partidos subalternos del medioambientalismo liberal de hoy). En su voluntad de ser una alternativa efectiva, lxs verdes rompieron con las dicotomías de la política tradicional e introdujeron transversalmente nuevos temas en la agenda pública que pronto marcaron a izquierdas y derechas. La clave de su éxito radicaba como es sabido, en una acertada definición como interfaz representativo que aspiraba a romper con la lógica misma de la representación; y de ahí que su tratamiento discursivo más habitual estuviese marcado por aporías, contradicciones y otras formas de la crisis del discurso hegemónico (nos referimos, claro está, a construcciones como "partido antipartido", "ni de izquierdas ni de derechas", etc.).
En definitiva, quienes aspiran hoy a dar continuidad al proyecto emancipatorio de la política del movimiento, harían bien en mirar menos a los fracasos de la extrema izquierda (sean el maoismo y el trotskismo francés o el operaismo italiano) y fijarse más en el momento creativo de los últimos años setenta y primeros ochenta en la República Federal de Alemania. Y no para reproducir errores, lógicamente, sino para aprender también de las limitaciones de ciertas formas de institucionalización, para criticar la acomodación de las elites en la subalternidad y un largo etcétera de lecciones políticas que están ahí, pendientes de ser extraídas.
El horizonte electoral y las estrategias de la izquierda extraparlamentaria
Volvamos al contexto actual. Estamos de precampaña y el horizonte electoral ya ha activado la maquinaria discursiva de los grandes medios de comunicación. La secuencia de disyuntivas argumentales vuelve a plantearse una vez más en una serie que ya nos debería ser familiar y que discurre más o menos así: (1) si es usted un individuo exigente en términos morales, permítase no votar, sea desafecto si quiere, que para eso la democracia liberal le facilita la libertad para abstenerse; pero, si acepta la política realmente existente, (2) disciplínese en la polaridad que generan las grandes formaciones de izquierda y derecha, entre PP y PSOE (o entre CiU y PSC) y si por un casual (3) es usted particularmente exigente en ciertas materias (cuestión nacional, derechos sociales, medioambiente, etc.), haga el favor de encuadrarse en las correspondientes fuerzas subalternas (IU, ICV, ERC, BNG, etc.) y limítese a intentar influir modestamente en las grandes directrices políticas que configuran los dos polos (ya que no por nada estas pequeñas fuerzas han sido expulsadas categorialmente a los márgenes donde no podrán aspirar al votante de centro). El consenso social que genera esta lógica discursiva es tan amplio que en él se pueden ver reflejados desde el anarquista (1) hasta el votante-massa (2) pasando por el ciudadano exigente (3); y todo ello sin que se vea alterada un ápice la hegemonía ideológica imperante.
Desafortunadamente (al menos de momento), la oposición extraparlamentaria que pueden constituir las redes de activistas no parece ser capaz de formular el problema en otros términos que los de (A) el rechazo frontal al gobierno representativo (el "que se vayan todos") y (B) el sectarismo representativo. Las primeras posiciones suelen estar representadas por sectores libertarios (anarquistas, nihilistas, etc.) y se funda básicamente en una política de la impotencia y de gestión de los remanentes de la sociedad de la opulencia.
Pocos ejemplos resultan más ilustrativos en este sentido que las lógicas autorreferenciales (que no autónomas) visibles en la estrategia okupa del "desalojo sin negociación" (falacia donde las haya, ya que, en rigor, sí se negocia, sólo que con el poder judicial y la policía en lugar de con el poder legislativo, facilitando así la lógica autoritaria y de la cultura represiva). Una loable táctica de desobediencia civil (la okupación) se reincorpora de este modo a la lógica sistémica (el desalojo y la represión) contribuyendo al perfeccionamiento de la maquinaria punitiva, al saneamiento de espacios previo a la gentrificación, etc; todo ello perfectamente integrado y compatible con la lógica heterónoma del semiokapital y sus categorizaciones dicotómicas.
Por plantearlo de otro modo: ¿qué autonomía es aquella que sólo puede ejercerse en el margen excedente, fácilmente reprimible y disciplinario de la lógica de acumulación? Ciertamente, nadie podrá negar que es una estrategia que asegura la reproducción de valores (queda por ver si es una reproducción suficiente) y que, por lo tanto, ya es valiosa de por sí. Pero no es menos cierto que es una estrategia que nos remite a una implosión sistémica (a una heteronomia, pues) como único horizonte de lucha (a una política de la impotencia). Difícil, pues, argumentar desde razonamientos plenamente autónomos el carácter sustantivamente inconveniente de la intervención en la arena electoral.
Pero si la estrategia pseudoautónoma que apuesta por la (más que improbable) implosión sistémica no acierta, tampoco parece que el sectarismo representativo vaya mucho más allá. Por sectarismo representativo nos referimos al hecho de que finalmente se presenten candidaturas híbridas e hibridadas de pequeños capitales políticos acumulados en el activismo. Hablamos, claro está de la eventual participación en las elecciones autonómicas catalanas de Revolta Global, MdT y otras listas posibles.
Contrariamente a la lógica de la participación directa, de la democracia participativa y la política del movimiento (visible, por ejemplo, en la valiente decisión de las CUP de no participar en las elecciones autonómicas y favorecer la estrategia municipalista), las opciones más o menos explícitamente leninistas pretenden capitalizar en la arena representativa sus esfuerzos en la política del movimiento bajo la pobre excusa del uso instrumental de las campañas electorales como palancas de movilización. Así, por ejemplo, no resulta difícil entender el enfado y resentimiento del MdT al perder la votación en las CUP o, por razones semejantes, aunque discursivamente formuladas con una tonalidad emotiva diferente, la euforia neurótica de Izquierda Anticapitalista (Revolta Global) ante sus magros resultados en las elecciones europeas.
Tres décadas después de tentativas fracasadas no parece que la inquebrantable fe leninista en el cuanto peor, mejor haya cedido un milímetro a la aplastante evidencia del sentido común, a los resultados ridículos de décadas de comicios y a la lógica representativa de la ley electoral. Al contrario, contra toda evidencia y razonabilidad, se siguen presentando como buenos los argumentos que encuentran en la lógica de la escisión interior al universo categorial del discurso hegemónico una justificación tan ideológica como tácticamente errada si de lo que se trata es de crear las condiciones objetivas para facilitar el empoderamiento y reforzamiento del activismo y la política del movimiento.
En primer lugar, porque incluso los mejores situados (seguramente MdT y Revolta Global) siguen a años luz de poder conseguir un diputado. En efecto, todos los votos estatales de Izquierda Anticapitalista (RG) en las europeas (obviando el "pequeño" detalle de que estas elecciones les eran particularmente favorables), incluso concentrados en un sólo distrito electoral donde la ley de D'Hont asegura la casi proporcionalidad (Barcelona), seguirían todavía a la mitad de los votos necesarios para poder obtener representación (no merece la pena entrar a especular sobre las limitaciones del juego político de un par de diputados ya que el caso de Ciutadans puede ser bastante orientativo). Hay que confiar demasiado en la capacida de autoengaño para afirmarse en una estrategia así (aunque visto lo inquebrantable de la fe leninista podemos confiar en que no faltarán las dosis suficientes).
En segundo lugar, porque las candidaturas en cuestión ni siquiera se han esforzado en promover un debate programático suficiente capaz de contraponer un proyecto realmente antagonista. Por el contrario, a día de hoy, sus discursos siguen operando en la lógica "marxista" (tendencia Groucho) del "y dos huevos duros" consistente en situarse un poco más a la izquierda sobre la base de un alineamiento de marcos interpretativos orientado a facilitar al máximo el trasvase de votos (lo que técnicamente se puede identificar, fundamentalmente, en las estrategias del frame bridging y frame extension que caracterizan los discursos de estas fuerzas políticas). Huelga decir que dicho trasvase, en el mejor de los casos, puede favorecer la pérdida de algún diputado de las fuerzas de la izquierda parlamentaria sin que por ello se gane necesariamente diputado alguno en contrapartida (o lo que es lo mismo: es una táctica encaminada a producir voto inútil donde no lo había). En el peor de los casos, puede contribuir de manera importante al regreso de la derecha.

La visibilización de la ciudadanía crítica
Así las cosas, la pregunta que se deberían plantear los activistas críticos, razonables (y conscientes de que en la actualidad no se dan las condiciones para presentar un interfaz representativo propio) es más bien cómo hacer visible su posición táctica en la arena electoral, de suerte tal que, si bien no las grandes opciones (PSOE, PSC), sí al menos las pequeñas (IU, ICV, ERC, BNG, etc.) se hagan eco de sus reivindicaciones. Si el gran logro neoliberal fue convencernos en su día de que debíamos ser fieles a los encuadramientos fundados en la lógica categorial del izquierda/derecha para seguidamente dejar en manos del "votante de centro" la decisión última de las orientaciones gubernamentales, todo apunta a que hoy deberíamos pensar más bien en cómo valorizar ese "votante crítico" cuya deserción puede suponer al diputado de izquierda la pérdida de su escaño (algo así como una Posición Bartleby: "preferiríamos no tener que echaros del gobierno"). Permítasenos para acabar poner un par de ejemplos clarificadores al hilo de la experiencia gallega en las dos últimas elecciones autonómicas y de las movilizaciones universitarias contra el Plan Bolonia en el escenario de las últimas elecciones europeas.
En la precampaña electoral que echó del poder a Fraga Iribarne tuvo lugar una iniciativa táctica muy original nacida bajo el impulso movimentista de la lucha contra el Prestige. El marco interpretativo decía claramente Hai que bota-los sin por ello pedir el voto explícitamente para ninguna candidatura política. Esta línea de discurso confiaba, como es lógico, al pragmatismo y al sentidinho de la ciudadanía la decisión final de votar a cualquiera de las dos opciones electorales con posibilidades reales de obtener diputado. Así fue y así sucedió que se puso fin a lustros de gobierno de una de las derechas aparentemente más inamovibles del Estado, liderada por el último franquista de peso en activo. El resultado fue, y ahí están las cifras para quien quiera cuantificarlo, muy ajustado; tanto, que el gobierno bipartito debería haber sido bastante más prudente, bastante menos corrupto y sobre todo más abierto a las presiones del movimiento de lo que finalmente fue. De haber aprendido las lecciones de Nunca Mais, en lugar de intentar instrumentalizar electoralmente el proceso, seguramente todavía estarían gobernando.
De hecho, en las siguientes elecciones el bipartito hizo caso omiso a una campaña semejante a la de Hai que bota-los lanzada desde redes activistas. Bajo el frame Governe quem governe, Galiza nom se vende, esta segunda precampaña advertía que el votante crítico no estaba dispuesto a admitir errores tan graves como la destrucción de las rías (reganosa y demás), las corruptelas de las eólicas, la carretage de votos de la gente mayor, etc. El resultado final, nuevamente ajustado, demostró que aunque el votante crítico sea una minoría, su ausencia en el cómputo final de los votos de la izquierda (alternante del PSdeG o subalternante del BNG) puede ser realmente tan decisivo como el voto del mitológico votante de centro, con la diferencia añadida (para colmo) de que el votante crítico es perfectamente identificable como actor en la esfera pública (nos referimos, va de suyo a las redes activistas). En vano intentan ahora las formaciones partidistas (el BNG fundamentalmente) recuperar el pulso perdido. Las oportunidades perdidas no vuelven a darse y por más que se puedan llegar a producir nuevas oportunidades está claro que sobre la memoria de las redes de activistas pesará el desgaste de los abusos partidistas. Confiemos, no obstante, en que por el interés de todxs se tome nota y sepamos aprender de los errores pasados.
El contrapunto al acierto relativo de las redes activistas gallegas lo configura el fracaso estrepitoso de las redes activistas universitarias catalanas que se movilizaron contra el Plan Bolonia el año pasado. Cierto es que estas redes hubieron de hacer frente a una jugada táctica realmente impresentable por parte de los partidos de izquierda (capaces de votar por unanimidad el respaldo al Plan Bolonia junto a PP, CiU y Ciutadans a cambio de la reubicación del jefe de la policía y responsable de una actuación propia de otros tiempos). No obstante, las redes universitarias no supieron leer el cambio en la estructura de oportunidad política que se le ofrecía con las elecciones europeas. En lugar de visibilizar su posición crítica en una materia directamente ligada a la política europea se dejaron llevar por una lógica de la participación directa negacionista.
Así, aunque es indudable que las redes de activistas lograron un éxito incuestionable al mutar adecuadamente ante la ofensiva represiva por medio de proyectos de okupación como La Rimaia o de educación autogestionaria como la UniLliure, no lo es menos que fracasaron a la hora de visibilizar el votante crítico ante los partidos de izquierda. La consecuencia (lógica) fue el repliegue de las bases de éstos sobre las decisiones de sus dirigentes (incluso cuando buena parte de ellas había simpatizado e incluso participado activamente en el movimiento). La movilización electoral acabó por cerrar una estructura de oportunidad que de haber sido otro el planteamiento activista, seguramente podría haber reforzado la movilización en lugar de agotarla.
A modo de conclusión
Las cosas así, no parece muy desacertado concluir que, o bien invertimos las lógicas actuales del sectarismo activista y el partidismo militante y nos aplicamos a la búsqueda de sinergias entre redes de activistas y opciones electorales reales, o pronto veremos de nuevo a las derechas gobernando. Y esto no debería ir en un único sentido como apoyo electoral puntual de las redes activistas a gobiernos de izquierda que ya tienen un pie fuera del poder, sino también en el sentido opuesto, esto es, también como decisiones políticas, especialmente de las pequeñas fuerzas hoy subalternas que podrían favorecer con sus tomas de posición (especialmente cuando se traten de disensos de alto valor público) estructuras de oportunidad política favorables a la movilización social (justo lo contrario de lo que hicieron con el Plan Bolonia). No cabe duda de que sectarismos de todo tipo atacarán esta posición estratégica (de facto, ya lo han hecho y siguien haciendo al acusar de arribismo -y sin prueba ni fundamento- a quien esto defiende), pero tal es la ventaja de un planteamiento estratégico autónomo: si ladran es que cabalgamos.

Se avecinan tiempos electorales y pronostican un posible giro a la derecha. Las oposiciones del PP a nivel estatal, como de CiU a nivel nacional, son un buen ejemplo de hasta qué punto las formaciones de derechas se limitan a esperar a que la lógica pendular de la alternancia les devuelva al poder. Conscientes de que no pueden desvelar que, de estar gestionando ellos la crisis, lxs precarixs estaríamos en estos momentos todavía mucho peor (reforma laboral, más recortes sociales, más regalos fiscales, etc), se contentan con explotar la estructura de oportunidad que les brinda la crisis y los errores (por veces muy sonados) de la izquierda gobernante, para preparar su regreso al poder. Primeros interesados en favorecer la mal llamada "desafección política" (en rigor, la deserción ciudadana del gobierno representativo), los líderes de las derechas cuentan con que en la rebaja del "todos son iguales" se haga posible el cálculo electoral que desplace el votante de centro hacia la derecha con el único objetivo del cambio por el cambio (la alternancia, que no la alternativa).
¿De nuevo en manos del votante de centro?
Ante la perspectiva del cambio electoral, los grandes medios de comunicación se aplican una vez más al viejo truco del centro político. El centro, como es sabido, aunque a menudo olvidado, no es una posición política, sino más bien un lugar de tránsito (de la izquierda hacia la derecha; de la derecha hacia la izquierda) que se suele esgrimir con el objeto de presionar a gobierno y oposición a fin de que obedezcan a un mando efectivo no pocas veces situado fuera del marco estatal en las instituciones del capitalismo global (así, por ejemplo, "los mercados financieros internacionales" que al parecer están tan descontentos con Zapatero). Una vez más, el constructo mediático del votante de centro articula aquí la deliberación pública. Dando por sentado el secuestro identitario (aunque menguante) de los electores de izquierdas y derechas en sus respectivas trincheras, el votante de centro es presentado como el decisor efectivo de la contienda electoral. De su voluble voluntad, se nos dice, dependen nuestros destinos. Y a fuerza de ser considerado como un hecho inevitable, hemos confirmado la profecía que se autorealiza.
En efecto, el viejo truco del centro está anclado en bases tan sólidas como nuestra categorización judeocristiana del mundo. Izquierda y derecha son dos conceptos políticos nacidos al calor de la institucionalización del gobierno representativo que siguió a la Revolución de 1789. Su resonancia como marco interpretativo del mundo (frame), es, no obstante, mucho más antigua y sólo se inscribe y entiende en la lógica categorial diádica y maniquea del blanco y negro, alto y bajo, luz y oscuridad, arriba y abajo, etc. A nadie debería sorprender los campos semánticos en que se construyen y operan izquierda y derecha como conceptos políticos. La primera, la siniestra, lo siniestro, lo oscuro, lo de abajo; la segunda lo derecho, lo correcto, lo claro, lo de arriba... Acaso el mayor logro histórico de los contrarrevolucionarios (y el mayor fracaso de quienes han aspirado a la emancipación del ser humano) haya sido precisamente éste.
No obstante, en esta categorización judeocristiana de la política, izquierda y derecha no son en modo alguno dos fuerzas iguales o simétricas, un equilibrio perfecto a la manera del yin y el yang, o de las derivas sectarias de cátaros, bogomilos o maniqueos. Antes bien, el dualismo judeocristiano, enunciado en los esquemas ideológicos de la trascendencia, comporta una moralización del mundo que hace posible un determinado tipo de gobernanza. Gracias a la teleología que informa esta moralización resulta posible la producción del mando, la orientación moral y disciplinaria de las conductas, la dirección política de la sociedad: al no ser simétricas izquierda y derecha, la primera siempre ha de ser resistencia a ser dominado; la segunda, dominación. Y dado que los recursos no se encuentran distribuidos por igual, al final la derecha cuenta a su favor con la inercia, con la lógica de la construcción trascendente del mundo. Nadie mejor que Hegel entendió y dio forma filosófica a todo ello, adelantándose, comprendiendo e incluso cercenando a priori, a su más brillante discípulo, Karl Marx.
Más allá de izquierda y derecha
¿Pero han de ser las cosas necesariamente así? ¿Nos encontramos irremediablemente encerrados en la lógica diádica (incluso dialéctica) de nuestra cultura o es posible la fuga, la búsqueda del tercero? Y si no ha de ser así ¿cómo desmontar el círculo vicioso de la alternancia y favorecer una estrategia emancipatoria efectiva? Vayamos por partes. Lo primero que hemos de considerar es el carácter construido del discurso político. Construido no significa, empero, que sea inevitablemente artificioso, aunque sí artificial. Podemos ser en el mundo gracias a determinados esquemas interpretativos de la realidad (frames) que no necesariamente han de ser verdaderos, pero que disponen, por ello mismo de una particular condición: ser generadores de realidad. El sociólogo I.W. Thomas lo explicó por medio de un célebre apotegma: "aquello que es considerado como real, es real en sus consecuencias".
Izquierda y derecha no son reales en el sentido de Thomas, tal y como se demuestra en los debates bizantinos sobre qué es izquierda (sintomáticamente, tal y como reconoció Habermas en su día, nadie se pregunta qué es derecha, a pesar de que la respuesta a qué es izquierda sea tan sencilla como "todo aquello que no es derecha"), pero vaya que si son reales en sus consecuencias! Si queremos escapar a la doble trampa de la alternancia y la subalternidad (esta afecta a las pequeñas formaciones principalmente situadas más a la izquierda del PSOE) parece bastante evidente que se ha de comenzar por deconstruir el aparato categorial que hemos heredado. La tarea filosófica e incompleta de Nietzsche y los Lebensphilosophen, de Wittgenstein y los filósofos del lenguaje, de Deleuze y Guattari y el esquizoanálisis, constituyen pistas en el pensamiento occidental, rastros que nos conducen a tiempos anteriores a nuestra cristianización y que todavía no han encontrado en la quiebra de la modernidad una proyección política suficiente o cuando menos capaz de interferir sobre la estructura del mando, sobre la lógica del gobierno representativo, sobre la concepción transcendente del poder soberano. Si se quiere pensar la emancipación (que no la izquierda) todo apunta a que tengamos de comenzar por aquí.
Con todo, la labor de producción de un constructo alternativo (que no alternante) no comienza de cero. Su genealogía se remonta a los grandes cismas del cristianismo, al materialismo moderno y más recientemente a las rupturas categoriales que en su momento intentó promover la ecología política. Al fin y al cabo, la historia de la emancipación no es sino la historia de la escisión constituyente, de la ruptura con el mando. Es en este sentido donde adquiere plena vigencia la voluntad de lxs verdes de primera hora (poco o nada que ver con los pequeños partidos subalternos del medioambientalismo liberal de hoy). En su voluntad de ser una alternativa efectiva, lxs verdes rompieron con las dicotomías de la política tradicional e introdujeron transversalmente nuevos temas en la agenda pública que pronto marcaron a izquierdas y derechas. La clave de su éxito radicaba como es sabido, en una acertada definición como interfaz representativo que aspiraba a romper con la lógica misma de la representación; y de ahí que su tratamiento discursivo más habitual estuviese marcado por aporías, contradicciones y otras formas de la crisis del discurso hegemónico (nos referimos, claro está, a construcciones como "partido antipartido", "ni de izquierdas ni de derechas", etc.).
En definitiva, quienes aspiran hoy a dar continuidad al proyecto emancipatorio de la política del movimiento, harían bien en mirar menos a los fracasos de la extrema izquierda (sean el maoismo y el trotskismo francés o el operaismo italiano) y fijarse más en el momento creativo de los últimos años setenta y primeros ochenta en la República Federal de Alemania. Y no para reproducir errores, lógicamente, sino para aprender también de las limitaciones de ciertas formas de institucionalización, para criticar la acomodación de las elites en la subalternidad y un largo etcétera de lecciones políticas que están ahí, pendientes de ser extraídas.
El horizonte electoral y las estrategias de la izquierda extraparlamentaria
Volvamos al contexto actual. Estamos de precampaña y el horizonte electoral ya ha activado la maquinaria discursiva de los grandes medios de comunicación. La secuencia de disyuntivas argumentales vuelve a plantearse una vez más en una serie que ya nos debería ser familiar y que discurre más o menos así: (1) si es usted un individuo exigente en términos morales, permítase no votar, sea desafecto si quiere, que para eso la democracia liberal le facilita la libertad para abstenerse; pero, si acepta la política realmente existente, (2) disciplínese en la polaridad que generan las grandes formaciones de izquierda y derecha, entre PP y PSOE (o entre CiU y PSC) y si por un casual (3) es usted particularmente exigente en ciertas materias (cuestión nacional, derechos sociales, medioambiente, etc.), haga el favor de encuadrarse en las correspondientes fuerzas subalternas (IU, ICV, ERC, BNG, etc.) y limítese a intentar influir modestamente en las grandes directrices políticas que configuran los dos polos (ya que no por nada estas pequeñas fuerzas han sido expulsadas categorialmente a los márgenes donde no podrán aspirar al votante de centro). El consenso social que genera esta lógica discursiva es tan amplio que en él se pueden ver reflejados desde el anarquista (1) hasta el votante-massa (2) pasando por el ciudadano exigente (3); y todo ello sin que se vea alterada un ápice la hegemonía ideológica imperante.
Desafortunadamente (al menos de momento), la oposición extraparlamentaria que pueden constituir las redes de activistas no parece ser capaz de formular el problema en otros términos que los de (A) el rechazo frontal al gobierno representativo (el "que se vayan todos") y (B) el sectarismo representativo. Las primeras posiciones suelen estar representadas por sectores libertarios (anarquistas, nihilistas, etc.) y se funda básicamente en una política de la impotencia y de gestión de los remanentes de la sociedad de la opulencia.
Pocos ejemplos resultan más ilustrativos en este sentido que las lógicas autorreferenciales (que no autónomas) visibles en la estrategia okupa del "desalojo sin negociación" (falacia donde las haya, ya que, en rigor, sí se negocia, sólo que con el poder judicial y la policía en lugar de con el poder legislativo, facilitando así la lógica autoritaria y de la cultura represiva). Una loable táctica de desobediencia civil (la okupación) se reincorpora de este modo a la lógica sistémica (el desalojo y la represión) contribuyendo al perfeccionamiento de la maquinaria punitiva, al saneamiento de espacios previo a la gentrificación, etc; todo ello perfectamente integrado y compatible con la lógica heterónoma del semiokapital y sus categorizaciones dicotómicas.
Por plantearlo de otro modo: ¿qué autonomía es aquella que sólo puede ejercerse en el margen excedente, fácilmente reprimible y disciplinario de la lógica de acumulación? Ciertamente, nadie podrá negar que es una estrategia que asegura la reproducción de valores (queda por ver si es una reproducción suficiente) y que, por lo tanto, ya es valiosa de por sí. Pero no es menos cierto que es una estrategia que nos remite a una implosión sistémica (a una heteronomia, pues) como único horizonte de lucha (a una política de la impotencia). Difícil, pues, argumentar desde razonamientos plenamente autónomos el carácter sustantivamente inconveniente de la intervención en la arena electoral.
Pero si la estrategia pseudoautónoma que apuesta por la (más que improbable) implosión sistémica no acierta, tampoco parece que el sectarismo representativo vaya mucho más allá. Por sectarismo representativo nos referimos al hecho de que finalmente se presenten candidaturas híbridas e hibridadas de pequeños capitales políticos acumulados en el activismo. Hablamos, claro está de la eventual participación en las elecciones autonómicas catalanas de Revolta Global, MdT y otras listas posibles.
Contrariamente a la lógica de la participación directa, de la democracia participativa y la política del movimiento (visible, por ejemplo, en la valiente decisión de las CUP de no participar en las elecciones autonómicas y favorecer la estrategia municipalista), las opciones más o menos explícitamente leninistas pretenden capitalizar en la arena representativa sus esfuerzos en la política del movimiento bajo la pobre excusa del uso instrumental de las campañas electorales como palancas de movilización. Así, por ejemplo, no resulta difícil entender el enfado y resentimiento del MdT al perder la votación en las CUP o, por razones semejantes, aunque discursivamente formuladas con una tonalidad emotiva diferente, la euforia neurótica de Izquierda Anticapitalista (Revolta Global) ante sus magros resultados en las elecciones europeas.
Tres décadas después de tentativas fracasadas no parece que la inquebrantable fe leninista en el cuanto peor, mejor haya cedido un milímetro a la aplastante evidencia del sentido común, a los resultados ridículos de décadas de comicios y a la lógica representativa de la ley electoral. Al contrario, contra toda evidencia y razonabilidad, se siguen presentando como buenos los argumentos que encuentran en la lógica de la escisión interior al universo categorial del discurso hegemónico una justificación tan ideológica como tácticamente errada si de lo que se trata es de crear las condiciones objetivas para facilitar el empoderamiento y reforzamiento del activismo y la política del movimiento.
En primer lugar, porque incluso los mejores situados (seguramente MdT y Revolta Global) siguen a años luz de poder conseguir un diputado. En efecto, todos los votos estatales de Izquierda Anticapitalista (RG) en las europeas (obviando el "pequeño" detalle de que estas elecciones les eran particularmente favorables), incluso concentrados en un sólo distrito electoral donde la ley de D'Hont asegura la casi proporcionalidad (Barcelona), seguirían todavía a la mitad de los votos necesarios para poder obtener representación (no merece la pena entrar a especular sobre las limitaciones del juego político de un par de diputados ya que el caso de Ciutadans puede ser bastante orientativo). Hay que confiar demasiado en la capacida de autoengaño para afirmarse en una estrategia así (aunque visto lo inquebrantable de la fe leninista podemos confiar en que no faltarán las dosis suficientes).
En segundo lugar, porque las candidaturas en cuestión ni siquiera se han esforzado en promover un debate programático suficiente capaz de contraponer un proyecto realmente antagonista. Por el contrario, a día de hoy, sus discursos siguen operando en la lógica "marxista" (tendencia Groucho) del "y dos huevos duros" consistente en situarse un poco más a la izquierda sobre la base de un alineamiento de marcos interpretativos orientado a facilitar al máximo el trasvase de votos (lo que técnicamente se puede identificar, fundamentalmente, en las estrategias del frame bridging y frame extension que caracterizan los discursos de estas fuerzas políticas). Huelga decir que dicho trasvase, en el mejor de los casos, puede favorecer la pérdida de algún diputado de las fuerzas de la izquierda parlamentaria sin que por ello se gane necesariamente diputado alguno en contrapartida (o lo que es lo mismo: es una táctica encaminada a producir voto inútil donde no lo había). En el peor de los casos, puede contribuir de manera importante al regreso de la derecha.

La visibilización de la ciudadanía crítica
Así las cosas, la pregunta que se deberían plantear los activistas críticos, razonables (y conscientes de que en la actualidad no se dan las condiciones para presentar un interfaz representativo propio) es más bien cómo hacer visible su posición táctica en la arena electoral, de suerte tal que, si bien no las grandes opciones (PSOE, PSC), sí al menos las pequeñas (IU, ICV, ERC, BNG, etc.) se hagan eco de sus reivindicaciones. Si el gran logro neoliberal fue convencernos en su día de que debíamos ser fieles a los encuadramientos fundados en la lógica categorial del izquierda/derecha para seguidamente dejar en manos del "votante de centro" la decisión última de las orientaciones gubernamentales, todo apunta a que hoy deberíamos pensar más bien en cómo valorizar ese "votante crítico" cuya deserción puede suponer al diputado de izquierda la pérdida de su escaño (algo así como una Posición Bartleby: "preferiríamos no tener que echaros del gobierno"). Permítasenos para acabar poner un par de ejemplos clarificadores al hilo de la experiencia gallega en las dos últimas elecciones autonómicas y de las movilizaciones universitarias contra el Plan Bolonia en el escenario de las últimas elecciones europeas.
En la precampaña electoral que echó del poder a Fraga Iribarne tuvo lugar una iniciativa táctica muy original nacida bajo el impulso movimentista de la lucha contra el Prestige. El marco interpretativo decía claramente Hai que bota-los sin por ello pedir el voto explícitamente para ninguna candidatura política. Esta línea de discurso confiaba, como es lógico, al pragmatismo y al sentidinho de la ciudadanía la decisión final de votar a cualquiera de las dos opciones electorales con posibilidades reales de obtener diputado. Así fue y así sucedió que se puso fin a lustros de gobierno de una de las derechas aparentemente más inamovibles del Estado, liderada por el último franquista de peso en activo. El resultado fue, y ahí están las cifras para quien quiera cuantificarlo, muy ajustado; tanto, que el gobierno bipartito debería haber sido bastante más prudente, bastante menos corrupto y sobre todo más abierto a las presiones del movimiento de lo que finalmente fue. De haber aprendido las lecciones de Nunca Mais, en lugar de intentar instrumentalizar electoralmente el proceso, seguramente todavía estarían gobernando.
De hecho, en las siguientes elecciones el bipartito hizo caso omiso a una campaña semejante a la de Hai que bota-los lanzada desde redes activistas. Bajo el frame Governe quem governe, Galiza nom se vende, esta segunda precampaña advertía que el votante crítico no estaba dispuesto a admitir errores tan graves como la destrucción de las rías (reganosa y demás), las corruptelas de las eólicas, la carretage de votos de la gente mayor, etc. El resultado final, nuevamente ajustado, demostró que aunque el votante crítico sea una minoría, su ausencia en el cómputo final de los votos de la izquierda (alternante del PSdeG o subalternante del BNG) puede ser realmente tan decisivo como el voto del mitológico votante de centro, con la diferencia añadida (para colmo) de que el votante crítico es perfectamente identificable como actor en la esfera pública (nos referimos, va de suyo a las redes activistas). En vano intentan ahora las formaciones partidistas (el BNG fundamentalmente) recuperar el pulso perdido. Las oportunidades perdidas no vuelven a darse y por más que se puedan llegar a producir nuevas oportunidades está claro que sobre la memoria de las redes de activistas pesará el desgaste de los abusos partidistas. Confiemos, no obstante, en que por el interés de todxs se tome nota y sepamos aprender de los errores pasados.
El contrapunto al acierto relativo de las redes activistas gallegas lo configura el fracaso estrepitoso de las redes activistas universitarias catalanas que se movilizaron contra el Plan Bolonia el año pasado. Cierto es que estas redes hubieron de hacer frente a una jugada táctica realmente impresentable por parte de los partidos de izquierda (capaces de votar por unanimidad el respaldo al Plan Bolonia junto a PP, CiU y Ciutadans a cambio de la reubicación del jefe de la policía y responsable de una actuación propia de otros tiempos). No obstante, las redes universitarias no supieron leer el cambio en la estructura de oportunidad política que se le ofrecía con las elecciones europeas. En lugar de visibilizar su posición crítica en una materia directamente ligada a la política europea se dejaron llevar por una lógica de la participación directa negacionista.
Así, aunque es indudable que las redes de activistas lograron un éxito incuestionable al mutar adecuadamente ante la ofensiva represiva por medio de proyectos de okupación como La Rimaia o de educación autogestionaria como la UniLliure, no lo es menos que fracasaron a la hora de visibilizar el votante crítico ante los partidos de izquierda. La consecuencia (lógica) fue el repliegue de las bases de éstos sobre las decisiones de sus dirigentes (incluso cuando buena parte de ellas había simpatizado e incluso participado activamente en el movimiento). La movilización electoral acabó por cerrar una estructura de oportunidad que de haber sido otro el planteamiento activista, seguramente podría haber reforzado la movilización en lugar de agotarla.
A modo de conclusión
Las cosas así, no parece muy desacertado concluir que, o bien invertimos las lógicas actuales del sectarismo activista y el partidismo militante y nos aplicamos a la búsqueda de sinergias entre redes de activistas y opciones electorales reales, o pronto veremos de nuevo a las derechas gobernando. Y esto no debería ir en un único sentido como apoyo electoral puntual de las redes activistas a gobiernos de izquierda que ya tienen un pie fuera del poder, sino también en el sentido opuesto, esto es, también como decisiones políticas, especialmente de las pequeñas fuerzas hoy subalternas que podrían favorecer con sus tomas de posición (especialmente cuando se traten de disensos de alto valor público) estructuras de oportunidad política favorables a la movilización social (justo lo contrario de lo que hicieron con el Plan Bolonia). No cabe duda de que sectarismos de todo tipo atacarán esta posición estratégica (de facto, ya lo han hecho y siguien haciendo al acusar de arribismo -y sin prueba ni fundamento- a quien esto defiende), pero tal es la ventaja de un planteamiento estratégico autónomo: si ladran es que cabalgamos.
divendres, de febrer 05, 2010
[ cat ] Cartografiant les asimetries federals

L'Institut d'Estudis Autonòmics acaba de publicar el resultat del projecte de recerca dirigit pel professor Ferran Requejo sobre descentralització, asimetries i resimetrització. Editat junt amb el professor Klaus-Jürgen Nagel Descentralització, asimetries i processos de resimetrització a Europa: Bèlgica, Regne Unit, Itàlia i Espanya, recull a més d'una introducció al debat teòric (Raimundo Viejo Viñas), diversos estudis de cas sobre Bèlgica (Wilfried Swenden), Regne Unit (John Loghlin), Itàlia (Hugo Amoretti) i Estat espanyol (Antón Losada i Ramón Máiz), així com sengles comparances entre els casos belga i britànic (Mihaela Vancea), d'una banda, i italià i espanyol (Andreu Orte), per una altra.
+ el llibre es pot descarregar aquí
dimarts, de febrer 02, 2010
[ es ] Impresiones personales sobre el debate “política de partido/política de movimiento del FSCat
[ versión 0.0 ]
El pasado sábado 30 de enero tuvo lugar en el marco del Fòrum Social Català 2010 un debate organizado por el CEMS y el IGOP sobre la relación entre la política de partido y la política de movimiento. Se trataba de un tema polémico, pero de gran importancia en la coyuntura actual. Significativamente, el mismo día, en el Foro Social “Mundial” de Madrid estaba teniendo lugar un taller de temática semejante sobre las relaciones entre partidos y movimientos.
El debate: formato y participantes
La idea del debate era bien sencilla, a saber: presentar cuatro voces diferentes y representativas de cuatro opciones lógicas a fin de que pudiera abrirse un debate. Estas cuatro opciones eran dos voces de partido (una que operase en la lógica representativa y otra que representase la innovación participativa) y dos voces de movimiento (una que pudiese representar los repertorios más tradicionales y otra que presentase los repertorios más novedosos). Sus nombres y organizaciones: David Fernández (Ateneu La Torna), Albert Recio (FAVB, en sustitución de Eva Fernández), Xavier Monge (CUP) y Ricard Gomà (ICV).
Va de suyo que los ponentes habrían podido ser miembros de otros colectivos de movimiento u otros partidos, si bien la selección tampoco fue en modo alguno aleatoria. De los partidos gubernamentales, ICV parece claramente más decantada a querer representar el cambio hacia valores postmaterialistas que Esquerra. De los partidos extraparlamentarios, las CUP han demostrado una mayor capacidad para articular y difundir soluciones participativas y de participación desde abajo que Revolta Global u otros ejemplos de la izquierda anticapitalista.
Aunque no buscada, pero en todo caso un dato sintomático, la divisoria de edad se hizo evidente (una voz mayor y una voz joven para partidos y movimientos). A todos los ponentes se les facilitó por anticipado un guión que planteaba los términos del debate y tres conjuntos de preguntas con los que organizar sus intervenciones respectivas. Tras una primera intervención de los organizadores situando el debate ante los participantes y la ronda de ponentes, se abrió un turno de intervenciones y preguntas.
El éxito de asistencia en la convocatoria fue más que notable, aunque lamentablemente falló la logística al quedarse un tercio de los asistentes sin asiento y otro tanto sin poder entrar en el aula. Entre los asistentes se contó con una nutrida representación de activistas de diferentes colectivos, centros sociales, medios contrainformativos y otros espacios activistas, así como militantes de partidos y otras organizaciones. Sin ser exhaustivos, pero para hacernos una idea de la diversidad, podríamos señalar —a mayores de los presentes en la mesa y sin demérito de quienes no serán citados— activistas del Espai Social Magdalenes, el SEPC, el centro social la Rimaia, la Fundació Nous Horitzons, V de Vivienda, 58i+, el semanario Directa, militantes de CUP, Esquerra e ICV, y miembros del Observatori dels dres socials DESC y del colegio de abogados.
Desafortunadamente, dada la limitación a dos horas del debate, los consabidos retrasos y prolongaciones en las exposiciones y turnos de palabras, no hubo tiempo para que pudiese expresarse plenamente toda esta diversidad. Aún así, el debate fue extremadamente plural, respetuoso, aunque por veces acalorado, y en general una buena muestra de cómo está el patio en el área metropolitana barcelonesa (con algunas puntualizaciones de fuera de la ciudad) en materia de relaciones entre partidos y movimientos.
Desarrollos temáticos y puntos de fractura.
Las relaciones entre las políticas de partido y de movimiento son sin duda un tema de debate polémico, aunque particularmente relevante en las circunstancias. A grandes trazos, el tema fue presentado de acuerdo con el documento repartido con anterioridad a los ponentes, incidiéndose si acaso algo más en el carácter sustantivo de las políticas de partido y de movimiento como políticas diferenciadas. En el desarrollo del debate se demostraría y enfatizaría, precisamente, el desencuentro que se produce entre ambas políticas, si bien de manera distinta: explícita en el caso de David Fernández, desdiferenciada en el caso de Albert Recio, Xavier Monge y Ricard Gomà.
En efecto, desde una posición inequívocamente autónoma, para David Fernández no cabía esperar gran cosa de la política de partido visto lo que ha sido la actuación gubernamental de los años de gobierno de la izquierda. En contraposición a él, Albert Recio incidió en el carácter híbrido del activismo social a partir de su argumento de experiencia como y con militantes de organizaciones de partido. Por su parte, Ricard Gomà insistió en destacar la doble lógica que habita en quien es militante y activista, sin por ello aclarar si una lógica prima sobre otra y cómo, de ser así, podría hacerlo. Por último, Xavier Monge propuso explícitamente la subordinación de la lógica de partido a la lógica de movimiento; y aunque reconoció el riesgo de una deriva en el sentido inverso en la medida en que su organización creciese, no se planteó qué mecanismos podrían evitarla.
A juzgar por lo visto y oido, parece que el debate sigue estando en una fase muy embrionaria y/o bastante enrocado en las lógicas respectivas de partido y movimiento. De hecho, no parece muy desatinado considerar que más allá del escepticismo o las declaraciones de principios poco se avanza. Lo más sintomático en este sentido seguramente sea que la discusión tendió a centrarse en la propia definición del tema, en la afirmación de posiciones normativas y de denuncia, antes que en el debate sobre alternativas procedimentales. Y si esto fue así para los ponentes, seleccionados por su capacidad crítica y de enjuiciamiento con planteamientos maximalistas, más lo fue aún en el caso de algunas intervenciones del público, tan contrapuestas como pudieron serlo la de Enric Prat y su alocución sobre la experiencia de ICV-EUiA en Sabadell, por una parte, y la de Albert Martínez y su crítica al teniente de alcalde, Ricard Gomà, por sus reponsabilidades políticas y a la legitimidad de un acto en el que se le facilitaba la participación.
Así las cosas, no parece que haya muchas razones para ser optimistas respecto a la posibilidad de producción de un debate en mayor profundidad sobre procedimentalidad (ni qué decir de las lejanísimas posibilidades de crear un interfaz representativo). Aunque tampoco por ello deberíamos dejar de destacar aquí aportaciones constructivas como la de Ada Colau, quien con toda la razón criticó, por ejemplo, la composición de género (no es excusa haber contado inicialmente con Eva Fernández) o la necesidad de afrontar las psicopatologías de la militancia y el activismo como paso previo necesario para generar las condiciones de un debate en profundidad. En este sentido, no obstante, el elemento positivo subyacente a las más variadas intervenciones sigue siendo la común constatación de una necesidad de generar espacios deliberativos. Resta por pensar, en todo caso, cómo desenrocar las posiciones de partida que podrían generar las condiciones de un debate otro.
El pasado sábado 30 de enero tuvo lugar en el marco del Fòrum Social Català 2010 un debate organizado por el CEMS y el IGOP sobre la relación entre la política de partido y la política de movimiento. Se trataba de un tema polémico, pero de gran importancia en la coyuntura actual. Significativamente, el mismo día, en el Foro Social “Mundial” de Madrid estaba teniendo lugar un taller de temática semejante sobre las relaciones entre partidos y movimientos.
El debate: formato y participantes
La idea del debate era bien sencilla, a saber: presentar cuatro voces diferentes y representativas de cuatro opciones lógicas a fin de que pudiera abrirse un debate. Estas cuatro opciones eran dos voces de partido (una que operase en la lógica representativa y otra que representase la innovación participativa) y dos voces de movimiento (una que pudiese representar los repertorios más tradicionales y otra que presentase los repertorios más novedosos). Sus nombres y organizaciones: David Fernández (Ateneu La Torna), Albert Recio (FAVB, en sustitución de Eva Fernández), Xavier Monge (CUP) y Ricard Gomà (ICV).
Va de suyo que los ponentes habrían podido ser miembros de otros colectivos de movimiento u otros partidos, si bien la selección tampoco fue en modo alguno aleatoria. De los partidos gubernamentales, ICV parece claramente más decantada a querer representar el cambio hacia valores postmaterialistas que Esquerra. De los partidos extraparlamentarios, las CUP han demostrado una mayor capacidad para articular y difundir soluciones participativas y de participación desde abajo que Revolta Global u otros ejemplos de la izquierda anticapitalista.
Aunque no buscada, pero en todo caso un dato sintomático, la divisoria de edad se hizo evidente (una voz mayor y una voz joven para partidos y movimientos). A todos los ponentes se les facilitó por anticipado un guión que planteaba los términos del debate y tres conjuntos de preguntas con los que organizar sus intervenciones respectivas. Tras una primera intervención de los organizadores situando el debate ante los participantes y la ronda de ponentes, se abrió un turno de intervenciones y preguntas.
El éxito de asistencia en la convocatoria fue más que notable, aunque lamentablemente falló la logística al quedarse un tercio de los asistentes sin asiento y otro tanto sin poder entrar en el aula. Entre los asistentes se contó con una nutrida representación de activistas de diferentes colectivos, centros sociales, medios contrainformativos y otros espacios activistas, así como militantes de partidos y otras organizaciones. Sin ser exhaustivos, pero para hacernos una idea de la diversidad, podríamos señalar —a mayores de los presentes en la mesa y sin demérito de quienes no serán citados— activistas del Espai Social Magdalenes, el SEPC, el centro social la Rimaia, la Fundació Nous Horitzons, V de Vivienda, 58i+, el semanario Directa, militantes de CUP, Esquerra e ICV, y miembros del Observatori dels dres socials DESC y del colegio de abogados.
Desafortunadamente, dada la limitación a dos horas del debate, los consabidos retrasos y prolongaciones en las exposiciones y turnos de palabras, no hubo tiempo para que pudiese expresarse plenamente toda esta diversidad. Aún así, el debate fue extremadamente plural, respetuoso, aunque por veces acalorado, y en general una buena muestra de cómo está el patio en el área metropolitana barcelonesa (con algunas puntualizaciones de fuera de la ciudad) en materia de relaciones entre partidos y movimientos.
Desarrollos temáticos y puntos de fractura.
Las relaciones entre las políticas de partido y de movimiento son sin duda un tema de debate polémico, aunque particularmente relevante en las circunstancias. A grandes trazos, el tema fue presentado de acuerdo con el documento repartido con anterioridad a los ponentes, incidiéndose si acaso algo más en el carácter sustantivo de las políticas de partido y de movimiento como políticas diferenciadas. En el desarrollo del debate se demostraría y enfatizaría, precisamente, el desencuentro que se produce entre ambas políticas, si bien de manera distinta: explícita en el caso de David Fernández, desdiferenciada en el caso de Albert Recio, Xavier Monge y Ricard Gomà.
En efecto, desde una posición inequívocamente autónoma, para David Fernández no cabía esperar gran cosa de la política de partido visto lo que ha sido la actuación gubernamental de los años de gobierno de la izquierda. En contraposición a él, Albert Recio incidió en el carácter híbrido del activismo social a partir de su argumento de experiencia como y con militantes de organizaciones de partido. Por su parte, Ricard Gomà insistió en destacar la doble lógica que habita en quien es militante y activista, sin por ello aclarar si una lógica prima sobre otra y cómo, de ser así, podría hacerlo. Por último, Xavier Monge propuso explícitamente la subordinación de la lógica de partido a la lógica de movimiento; y aunque reconoció el riesgo de una deriva en el sentido inverso en la medida en que su organización creciese, no se planteó qué mecanismos podrían evitarla.
A juzgar por lo visto y oido, parece que el debate sigue estando en una fase muy embrionaria y/o bastante enrocado en las lógicas respectivas de partido y movimiento. De hecho, no parece muy desatinado considerar que más allá del escepticismo o las declaraciones de principios poco se avanza. Lo más sintomático en este sentido seguramente sea que la discusión tendió a centrarse en la propia definición del tema, en la afirmación de posiciones normativas y de denuncia, antes que en el debate sobre alternativas procedimentales. Y si esto fue así para los ponentes, seleccionados por su capacidad crítica y de enjuiciamiento con planteamientos maximalistas, más lo fue aún en el caso de algunas intervenciones del público, tan contrapuestas como pudieron serlo la de Enric Prat y su alocución sobre la experiencia de ICV-EUiA en Sabadell, por una parte, y la de Albert Martínez y su crítica al teniente de alcalde, Ricard Gomà, por sus reponsabilidades políticas y a la legitimidad de un acto en el que se le facilitaba la participación.
Así las cosas, no parece que haya muchas razones para ser optimistas respecto a la posibilidad de producción de un debate en mayor profundidad sobre procedimentalidad (ni qué decir de las lejanísimas posibilidades de crear un interfaz representativo). Aunque tampoco por ello deberíamos dejar de destacar aquí aportaciones constructivas como la de Ada Colau, quien con toda la razón criticó, por ejemplo, la composición de género (no es excusa haber contado inicialmente con Eva Fernández) o la necesidad de afrontar las psicopatologías de la militancia y el activismo como paso previo necesario para generar las condiciones de un debate en profundidad. En este sentido, no obstante, el elemento positivo subyacente a las más variadas intervenciones sigue siendo la común constatación de una necesidad de generar espacios deliberativos. Resta por pensar, en todo caso, cómo desenrocar las posiciones de partida que podrían generar las condiciones de un debate otro.
dimarts, de gener 26, 2010
[ cat ] Seminari sobre la política de partit i la política de moviment al FSCat 2010

Amb la participació de dos representants de la política de partit com són en Ricard Gomà (ICV) i Xavier Monge (CUP) i dos activistes com són Albert Recio (FAVB) i David Fernández (La Torna, per confirmar)
Dissabte 30, de 16h a 18h, a l'aula 0.2 de la Universitat de Barcelona, Gran Via de les Corts Catalanes 585 (metro pl. universitat)
Intro
En un context social i política de necessitat comuna degut a la desafecció, despolitització de la vida pública, i diverses fragmentacions (de classe, socials, etc) es fa necessari reflexionar, des d’una perspectiva transformadora, sobre les diferents relacions que s’estableixen entre la política de partit i la política de moviment. Com són aquestes relacions? Existeix un model? A qui beneficia i/o perjudica aquest model o no-model?
Notes introductòries i preguntes pel debat
En la política dels últims dos segles podem distingir analíticament tres modalitats fonamentals de fer (organitzar, plantejar, debatre...) la política en funció de l'agència central en l'organització del règim polític. Aquestes tres modalitats serien la política de notable, la política de partit i la política de moviment.
Encara que són tres modalitats mútuament excloents, en cada context es combinen de manera distinta d'acord amb els diferents equilibris que es poden generar en cada cas. I tot i que no podem afirmar teleològicament que es vagi a produir una successió inevitable, ni que l'ocorregut fins ara hagin estat les fases lògiques d'un procés, no resulta destarotat pensar que en termes històrics hem assistit a una primera hegemonia de la política del notable, més endavant qüestionada i subsumida dintre de la política del partit que, finalment, s'està veient posada en qüestió en l'actualitat per l'emergent política del moviment.
La primera part de l'anterior afirmació (la subsunció de la política de notable en la política de partit) no resulta empíricament difícil de demostrar. Per poc que observem el règim polític en que vivim identificarem ràpidament el paper central, constitucionalment reconegut que tenen els partits polítics. Al seu interior no ens serà complicat reconèixer com encara habiten els notables d'antany supeditats, això si, a les pròpies regles de la política de partit.
Molt més controvertit (tant per les seves implicacions com per la seva actualitat) seria el pas de la política de partit a la política de moviment. No obstant això, en els nostres dies podem observar tendències que apunten símptomes per al debat:
Des de la dècada dels seixanta fins a avui, la política de moviment no ha cessat de créixer en capacitats, recursos, xarxes socials, etc.; el seu protagonisme social és cada vegada major i el seu impacte sobre les polítiques públiques augmenta igualment. Per contra, la política de partits sembla no incapaç de sortir d'una espiral de desafecció ciutadana, volatibilitat i reducció de la fidelitat dels seus electorats, abstencionisme creixent, etc.
- La política de moviment sembla haver-se afermat amb el progrés i aprofundiment dels processos de democratització mentre que la política de partit sembla haver-se anquilosat davant la creixent agilitat dels processos polítics i implicació ciutadana en els mateixos.
- Amb l'acceleració de la globalització la crisi entre política de moviment i política de partit s'ha intensificat. Les formes d'aquesta crisi són múltiples, complexes i operen a diferents nivells, no poques vegades de forma aparentment contradictòria.
- El partit ja no opera com única agència de la mobilització i socialització política, però al mateix temps les xarxes d'activistes tampoc sembla que hagin après a influir sobre decisors i polítiques públiques de manera eficaç i eficient.
- Els partits semblen aferrats a les estructures del govern representatiu i a les dinàmiques polítiques d'aquest: paper institucional en el govern (o l'oposició), deliberació mediàtica (pugna per la presència en els grans mitjans) i processos electorals i congressuals (lluita per l'accés a les instàncies decisòries del govern representatiu). Per la seva banda, dintre de l'activisme es poden identificar diferents estratègies, a saber: aspirar a produir un govern en paral•lel (sense capacitat per a això) i fins i tot al marge de la societat (el ghetto possible en les societats de l'opulència enfront de l'autonomia).
- L'arribada als diferents governs (estatal, autonòmic, local) de les forces progressistes està lligada a una ona de mobilització sense precedents en democràcia. I encara que l'accés al poder ha rebaixat els nivells de mobilització, no ha suposat la fi de l'autonomia social.
- L'actual Estatut d'Autonomia de Catalunya conta amb menys suport en tots els indicadors que l'anterior (i.e., augment de l'abstenció, del vot nul, del vot negatiu i del vot en blanc). Per contra, les convocatòries de la Plataforma pel Dret de Decidir (PDD) en els mesos anteriors i posteriors a l'aprovació de l'estatut han demostrat una inqüestionable vitalitat política de la societat.
- El procés de les consultes per l’independència engegat des de la societat ha agafat als partits amb el peu canviat, si bé no per això els partits nacionalistes han deixat de veure en ell una oportunitat de mobilització preelectoral.
1. Fins a quin punt els partits polítics i els moviments socials són opcions complementàries o excloents?
2. On haurien d'arribar les atribucions dels uns i els altres? Haurien els partits polítics de limitar-se a les tasques pròpies govern representatiu (eleccions i tasques de govern i oposició)? Haurien els moviments de no interferir en el govern representatiu i limitar-se a facilitar la participació ciutadana?
3. És possible institucionalitzar procediments que facilitin la relació entre partits i moviments? Quins serien aquests procediments?
Seguiment al facebook
dissabte, de gener 16, 2010
[ cat ] Sessions Formatives per al Doctorat en Polítiques Públiques i Transformació Social
Els propers dies 18 de gener i 1 de febrer, de 12h 14h, a la sala de reunions de l'IGOP, tindran lloc les dos sessions següents del Cicle de Sessions Formatives per al Doctorat en Polítiques Públiques i Transformació Social
- 18 de gener/Problemes teòrics actuals de la recerca dels moviments socials
- 1 de febrer/Aplicacions empíriques del frame analysis
dijous, de gener 07, 2010
[ cat ] Seminari de participació ciutadana a l'IGOP

El present cicle de seminaris té per objectiu formar als assistents en l’àmbit de la participació ciutadana, dotant-los de les habilitats i les capacitats necessàries per a la implementació i gestió dels diferents instruments de participació. El cicle té un caràcter pràctic i professionalitzador però, al mateix temps, pretén formentar la reflexió entorn les noves formes participatives de govern i la seva qualitat democràtica.
Demà, divendres 8 de gener, doble sessió:
Part 1: Tres enfocaments teòrico-normatius de regulació democràtica.
Part 2: La participació en els diferents models de democràcia.
+ info sobre el curs
[ cat ] Refundar l'irrefundable? Raons per l'escepticisme
Gràcies a Enfocant per la traducció al català de mi anterior post sobre la refundació d'IU. A la seva web podeu llegir la següent presentació situant el debat:
El següent article, de Raimundo Viejo Vinhas, és la versió extesa, publicada al seu blog, d'un text del mateix títol aparegut al periòdic Diagonal. Encara que l'article està pensat com una anàlisi de la trajectòria i la situació sense remei que pateix Izquierda Unida, el text resulta d'interès sobretot per les reflexions que fa al voltant de la política del moviment i les seves relacions amb els partits, que pretenen ser els únics intermediaris vàlids o, com se'n diu al text, les interfícies representatives.
D'altra banda, caldria fer un debat entorn a aquestes qüestions, des de diversos punts de vista, en una època en què la despolitització de gran part de la població provoca la paràlisi i la sorprenent inexistència d'una contestació social generalitzada en aquests moments de crisi. Ja fa dècades que patim les conseqüències de la derrota històrica del moviment obrer i l'auge del neoliberalisme, amb uns partits d'esquerra que renuncien a canviar el món i esdevenen canalitzadors i desactivadors institucionals del descontentament social, o, de vegades, simplement unes ETT's de càrrecs públics. Al costat d'això, els moviments socials passen per un seguit de cicles, amb èpoques millors i pitjors, que conviuen amb fenomens difusos d'esclats esporàdics que no arriben a constituir, ni sembla que es pretengui, res de permanent.
És en aquest escenari on resultara interessant analitzar què pot fer la política de moviment, quines relacions o ruptura de relacions ha de tenir amb els partits, i si realment poden incidir en un canvi social.
+ Refundar l'irrefundable? Raons per l'escepticisme
El següent article, de Raimundo Viejo Vinhas, és la versió extesa, publicada al seu blog, d'un text del mateix títol aparegut al periòdic Diagonal. Encara que l'article està pensat com una anàlisi de la trajectòria i la situació sense remei que pateix Izquierda Unida, el text resulta d'interès sobretot per les reflexions que fa al voltant de la política del moviment i les seves relacions amb els partits, que pretenen ser els únics intermediaris vàlids o, com se'n diu al text, les interfícies representatives.
D'altra banda, caldria fer un debat entorn a aquestes qüestions, des de diversos punts de vista, en una època en què la despolitització de gran part de la població provoca la paràlisi i la sorprenent inexistència d'una contestació social generalitzada en aquests moments de crisi. Ja fa dècades que patim les conseqüències de la derrota històrica del moviment obrer i l'auge del neoliberalisme, amb uns partits d'esquerra que renuncien a canviar el món i esdevenen canalitzadors i desactivadors institucionals del descontentament social, o, de vegades, simplement unes ETT's de càrrecs públics. Al costat d'això, els moviments socials passen per un seguit de cicles, amb èpoques millors i pitjors, que conviuen amb fenomens difusos d'esclats esporàdics que no arriben a constituir, ni sembla que es pretengui, res de permanent.
És en aquest escenari on resultara interessant analitzar què pot fer la política de moviment, quines relacions o ruptura de relacions ha de tenir amb els partits, i si realment poden incidir en un canvi social.
+ Refundar l'irrefundable? Raons per l'escepticisme
dimecres, de desembre 30, 2009
[ es ] ¿Refundar lo irrefundable? Razones para el escepticismo
Versión "2.0 extended" del artículo publicado en Diagonal, nº 116, págs. 33-34 (el artículo es tan sólo el apartado final)

El movimiento y la izquierda: otra relación es posible
A mediados de los ochenta, una nueva ola de movilizaciones brindó a mi generación la oportunidad de recuperar la iniciativa política en las calles tras el “desencanto” postfranquista. Fueron los años de la campaña contra la OTAN, el movimiento estudiantil del curso 1986/1987, la huelga del 14-D, las movilizaciones contra la Guerra del Golfo, la campaña contra el V-Centenario, etc. La ola se extendió de mediados de los ochenta a la primera mitad de los noventa y a pesar de no ser comparable a la ola precedente de los años de la transición, sirvió para que toda una generación se formase políticamente y consiguiese experimentar nuevas formas de hacer política. Seguramente el movimiento antimilitarista represente mejor que ningún otro lo positivo de aquellos años. La desobediencia civil demostró que se podía articular una movilización capaz de incidir no ya sólo sobre las políticas públicas, sino sobre la propia estructura del Estado en uno de sus pilares fundamentales (la abolición del servicio militar obligatorio). A pesar de la moderación rampante que había seguido a la abrumadora victoria electoral del PSOE en 1982, hacer política desde la radicalización de la democracia era posible.
Al mismo tiempo, en el contexto de aquella ola de los ochenta, se formuló una buena idea que nunca alcanzó a desarrollarse plenamente: el “movimiento político y social”. IU eran sus siglas y no pocxs creímos en aquel proyecto con la rebeldía ingenua de la adolescencia y la convicción inquebrantable de que este mundo no es el único posible. Impulsada por la ola de movilizaciones, IU creció organizativa y electoralmente. Pero la ola no duró lo suficiente y en su fase descendente el proyecto inicial fue progresivamente abandonado.
La crisis de IU se expresó básicamente de tres maneras. (1) El oportunismo del PDNI, Esquerda de Galicia (apropiación oportunista y españolista del Esquerda de Galiza original) y muchos otros que decidieron recolocarse a la sombra el PSOE y los grandes sindicatos, donde se está, sin duda, mucho más calentito que en las calles, los centros sociales okupados y otros espacios del movimiento sin calefacción. (2) El consevadurismo identitario y autorreferencial del PCE, que se negó a afrontar su fin histórico junto al mundo soviético y prefirió iniciar la larga etapa de autoafirmación contra las demás familias de la izquierda de la que todavía no parece haber salido. Y last but not least (3), la salida en cualquiera de sus dos sentidos —de vuelta a casa o hacia la política de movimiento— de un montón de activistas que transitaron por IU en sus años buenos (y entre los que se cuenta quien esto escribe).
Para cuando llegó la siguiente ola de movilizaciones, IU ya no era un instrumento político, sino esa bizarra jaula de grillos que siempre ha conocido la generación altermundialista. La ola iniciada entre Chiapas y Seattle cogió a IU completamente fuera de juego, incapaz de dialogar con una eclosión sin precedentes de otras formas de hacer política y altos niveles de movilización social. Durante el periodo de movilización subsiguiente no habrá mejor evidencia, más real y más cruel para IU, que sus propios resultados electorales (la única herramienta con la que IU se ha querido medir hacia el exterior desde a primera mitad de los noventa). En este contexto de creciente aislamiento del movimiento real, IU irá de refundación en refundación hasta la refundación final.
El interfaz representativo
La ola altermundialista que se desplegó desde finales de los noventa a mediados de los dos mil ha sido un proceso que ha dejado tras de sí una rica experiencia a la par que ha consolidado un importante entramado institucional del movimiento: desde los centros sociales hasta los medios de comunicación alternativos, pasando por una constelación de organizaciones (sindicatos, colectivos, etc.) de distinto tamaño, temática y práctica política. En este sentido, el balance por la izquierda de la última década sin duda es mucho más positivo para la política del movimiento que para la política de partido. A día de hoy el activismo es mucho más fuerte, dispone de mucha más experiencia acumulada y está mucho mejor organizado que a mediados de los años noventa. Por más que los pesimistas de la razón no dejen sus quejas plañideras sobre la ausencia de masas en las calles, los optimistas de la voluntad saben que la multitud no se guía por las estructuraciones hegemónicas del modo de mando leninista. La multitud no se convoca con una circular del Partido, se invoca con el gesto que nace de la siempre difícil conjunción de fortuna y virtu.
No obstante, tampoco hay tanto como para ser triunfalistas. La política del movimiento apenas está dando sus primeros pasos y a pesar de su enorme potencia, la última década arroja interrogantes preocupantes sobre la capacidad de las redes de activistas para conseguir influir sobre los procesos legislativos y la estructura del propio poder soberano del que se escinden y al que se oponen. Mal vamos si la utilidad de las movilizaciones se ha de limitar a echar al PP del poder (o a impedir que vuelva) para que ocupe su lugar el PSOE. Los movimientos necesitan urgentemente un interfaz propio en el gobierno representativo o por el contrario serán víctimas de su propia incapacidad para hacer frente a la deriva neoliberal.
Llegado este punto cabe cuestionarse si el interfaz representativo puede ser construido interactivamente con las organizaciones de partido existentes o si, por el contrario, ha de surgir de las propias redes activistas. A favor de la primera idea encontramos la genealogía común que comparten las organizaciones de partido de izquierda con las redes activistas en la política del movimiento. Aunque por la modalidad de institucionalización seguida hoy pueda costar identificar que en otro momento fueron organizaciones de movimiento, los partidos políticos de la izquierda se originaron en las diferentes expresiones de la política del movimiento (del movimiento obrero surgieron los partidos socialistas y comunistas, de los nacionalismos sin Estado los partidos nacionalistas, etc.).
Históricamente fue el éxito del movimiento el que obligó al poder soberano a readaptar la forma-Estado para acomodar a las elites nacidas de las organizaciones del movimiento. Por medio de la conocida tesis sobre la “ley de hierro de la oligarquía”, Robert Michels mostró ya a principios del siglo pasado las posibilidades de acomodación de las elites obreras. Desde entonces, este mismo patrón de acomodación se ha venido observando en diferentes países de maneras diversas. Las más recientes integraciones de aquellos partidos que se decían “anti-partido” serían el último capítulo de una misma historia (el caso más notorio vendría a ser el de Die Grünen en Alemania).
La crítica a esta primera modalidad de producción del interfaz representativo podría venir de la dependencia que estas organizaciones han originado respecto a sus propias trayectorias (lo que los politólogos denominan path dependency). Al fin y al cabo, vistas las experiencias que desde el movimiento se han hecho con estas organizaciones (a menudo marcadas por fuertes niveles de conflicto resultantes del recurso al poder soberano con una finalidad disciplinaria), no resulta extraño que las redes activistas (especialmente aquellas que han conocido la política de partido de primera mano) guarden una distancia prudencial respecto a los propios partidos políticos.
En este sentido, quien desease reorientar su organización de partido hacia la función de interfaz representativo del movimiento habría de realizar una inversión nada desdeñable de esfuerzo en construir las relaciones de confianza necesarias. Y cuando decimos confianza no nos referimos a tejer redes de complicidad personal, sino a la seguridad que nace de las garantías de una procedimentalidad adecuada, transparente, debidamente institucionalizada. Desafortunadamente, en nuestro entorno inmediato no se observan indicadores significativos en este sentido.
La segunda modalidad con la que producir un interfaz representativo sigue la dirección opuesta a la anterior y parte de abajo, pero no para ir hacia arriba, sino para difundirse horizontalmente de acuerdo con el principio federal. Aunque de manera incipiente y a todas luces insuficiente, el zapatismo ha avanzado algunas ideas estratégicas importantes por medio de sus apotegmas “abajo a la izquierda”, “caminar preguntando” y otros, su ejemplo práctico resulta todavía insuficiente en los contextos de las sociedades postfordistas. En la lógica categorial del eje vertical la legitimidad indudable que se gana de partir desde abajo y en ruptura desobediente con el poder soberano se expone a un pronto agotamiento si se insiste en repetir las fórmulas del pasado (desde el partido obrero de masas a la organización ideológica de vanguardia).
Desafortunadamente, esto es algo que no parecen tener muy claro todavía los activistas de las organizaciones que aspiran a construir el interfaz representativo desde la política del movimiento. La matriz leninista de organizaciones tan variadas como la neotrotskista Izquierda Anticapitalista o los partidos independentistas que habitan algunos proyectos innovadores como las CUP constituye a día de hoy el principal impedimento para la producción del interfaz representativo. El cambio gramatical de nuestros días pasa por hacer definitivo el Good bye Lenin! y no por la explotación de la legitimidad que nace en la desobediencia con fines partidistas. La razón para ello es, si se quiere, paradójicamente leninista: el modelo consistente en transponer la organización fabril al partido de masas que tan bien funcionó durante el fordismo ya no está operativo en el mundo de hoy.
¿Refundar lo irrefundable?
Tras años de broncas, expulsiones y sectarismo, parece que IU se anima a salir por fin de su universo cainita y se dirige de nuevo a la sociedad. La propuesta sería enormemente esperanzadora de no tratarse de la enésima mutación de un mismo conjunto de problemas sin resolver. Y es que a juzgar por documentos e intervenciones, IU se encuentra lejos de configurarse como el interfaz representativo del movimiento que necesitamos. Antes bien, su “refundación” apunta más bien al agotamiento de un modelo abortado (el “movimiento político y social”) y a la necesidad oxigenar una organización exhausta por su propia ineficacia. He aquí algunas razones para el escepticismo:
1. Un discurso ajeno a los cambios del mundo de hoy. A pesar de que en la última década se ha formulado un complejo y rico programa, IU no parece acusar recibo y se sigue moviendo en los márgenes conceptuales e identitarios de la llamada “izquierda transformadora”: la defensa (y no el rechazo) del trabajo, el feminismo de género (y no de su superación), la economía del crecimiento (in)sostenible y el industrialismo productivista, la relación con las tecnologías del (impresentable) canon digital, un republicanismo historicista y desconocedor de su propia teoría, el federalismo simétrico (EUiA frente a ICV), así como un largo etcétera que demuestra que IU sigue anclada en la programática obsoleta de siglo pasado.
2. Un modelo organizativo centralista basado en la hegemonía, la unidad y las grandes estructuras profesionalizadas del gobierno representativo. Contrariamente a lo que piensa IU (y muchos otros), la fragmentación ideológica y organizativa no es un problema, sino una riqueza, el síntoma del decrecimiento político. Sin embargo, IU persiste en operar dentro de un marco monista (el mito de la “unidad de la izquierda”) aspirando (en vano) a encuadrar el pluralismo del movimiento en una organización centralizada.
Como si todavía estuviese en vigor la fábrica fordista, IU sigue enfrascada en la idea de que es posible recomponer un centro de coordinación y decisión bajo su liderazgo (el del PCE). Lejos de haber entendido que la lógica de la representación opera desde la ley electoral (que IU no podrá cambiar) y que, por ello mismo, la unidad sólo se ha de formular en los términos tácticos de obtener los mejores resultados, IU se empecina en articularse como un proyecto homogéneo y homogeneizador sobre un territorio que no lo es.
La propuesta de IU sigue guiada por la reductio ad unum, por la erradicación de la diversidad mediante la producción del consenso hegemónico. Como se apunta en su documento sobre la “convergencia” (noción que es todo un síntoma en sí misma) el pluralismo es sólo una fase temporal previa a la asimilación de la diversidad exterior. Incluso aunque haya gente participando ingenuamente en el proceso, su único objetivo es ampliar la hegemonía del PCE a un nuevo círculo concéntrico. Significativamente, no se plantea la disolución del hegemón de la izquierda española (el PCE) a fin de crear un interfaz donde cada activista sea libre e igual.
3. La participación entendida como plebiscito, no como procedimentalidad democrática. En las ocho páginas del documento Guía para la refundación de la izquierda no se dice nada sobre los procedimientos que han de guiar los espacios de interacción con el exterior. Un solo ejemplo: se hartan de hablar de acabar con la discriminación de la mujer, pero no concretan ni la paridad más elemental. Tampoco se brinda una sola indicación sobre los mecanismos de rendimiento de cuentas y responsabilidades. En buena lógica, participar en este proceso, incluso aunque se coincida con los contenidos ideológicos, es como firmar un cheque en blanco a una organización que ha demostrado —por activa y por pasiva— una incapacidad notable para interactuar con el movimiento fuera de relaciones de dominio (la hegemonía gramsciana mal entendida).
4. El burocratismo sigue marcando por completo el funcionamiento de IU. Contrariamente a la apertura del proceso constituyente, de algo nuevo que exigen las circunstancias actuales, IU opta por un control administrativo del proceso (página 4 de su guía). En rigor, la “refundación” de IU propone los foros como espacios para detectar la realidad externa que se les ha escapado en los últimos lustros sin la menor intención de aplicarse las responsabilidades políticas derivadas de su intervención en todo este tiempo. Se trata de proyectar la organización hacia el exterior como una estrategia de diagnóstico, agenciamiento y captura de la sociedad que se mueve. Incapaz de afrontarse críticamente, IU ofrece tan sólo la mano tendida de la palabra huera, el procedimiento administrativo centralizado y la pluralidad inexistente de su interior.
5. Nacionalismo español. Acorde con la lógica de la reductio ad unum, se sigue reconociendo “España” como referente nacional de la totalidad de la ciudadanía, sin alternativa para las subjetividades que reniegan de la identidad nacional(ista) española. Esto, que de por sí ya es problemático para la ciudadanía en su conjunto, lo es tanto más para sus bases potenciales (el rechazo a eso que se llama “España” aumenta exponencialmente hacia la izquierda). En lugar de reconocer que el espacio a representar es hoy una realidad segmentada, compleja y asimétrica (para la que un modelo confederal seguramente es la única y última oportunidad de articular su territorialidad), IU persiste en salvar “España” de su fracaso histórico como Estado nacional.
6. IU sigue sin reconocer los efectos del neoliberalismo sobre la composición social del activismo (no sólo de clase, sino de género, origen, cultura, etc.). Su proyecto sigue (re)fundándose en la centralidad de la figura del trabajo asalariado estable, masculino, nacional, etc. En lugar de replantearse las estructuras de dominación que dice aspirar a combatir se decanta más bien por reproducirlas en su propia realidad organizativa. Sus planteamientos no rompen de manera explícita con las políticas conniventes de los grandes sindicatos, ni cuestionan los roles de género, el españolismo rampante, etc. Paradójicamente, aspiran a abrirse a un exterior donde esta crítica ya se ha realizado (muchas veces desde IU, contra IU y hacia fuera de IU). Tal es el acervo del movimiento.
Así las cosas, no parece que la refundación vaya a darnos muchas alegrías. Menos aún a servir para construir el interfaz representativo que urge a la política del movimiento. Mientras no se tomen en serio cuestiones como la disolución de los partidos dentro de IU, la procedimentalidad democrática, la aceptación de la disidencia, el principio federal, la autonomía social y demás factores intrínsecos a la producción del interfaz representativo, poco más cabe esperar que una pobre ampliación del círculo de la IU del PCE.

El movimiento y la izquierda: otra relación es posible
A mediados de los ochenta, una nueva ola de movilizaciones brindó a mi generación la oportunidad de recuperar la iniciativa política en las calles tras el “desencanto” postfranquista. Fueron los años de la campaña contra la OTAN, el movimiento estudiantil del curso 1986/1987, la huelga del 14-D, las movilizaciones contra la Guerra del Golfo, la campaña contra el V-Centenario, etc. La ola se extendió de mediados de los ochenta a la primera mitad de los noventa y a pesar de no ser comparable a la ola precedente de los años de la transición, sirvió para que toda una generación se formase políticamente y consiguiese experimentar nuevas formas de hacer política. Seguramente el movimiento antimilitarista represente mejor que ningún otro lo positivo de aquellos años. La desobediencia civil demostró que se podía articular una movilización capaz de incidir no ya sólo sobre las políticas públicas, sino sobre la propia estructura del Estado en uno de sus pilares fundamentales (la abolición del servicio militar obligatorio). A pesar de la moderación rampante que había seguido a la abrumadora victoria electoral del PSOE en 1982, hacer política desde la radicalización de la democracia era posible.
Al mismo tiempo, en el contexto de aquella ola de los ochenta, se formuló una buena idea que nunca alcanzó a desarrollarse plenamente: el “movimiento político y social”. IU eran sus siglas y no pocxs creímos en aquel proyecto con la rebeldía ingenua de la adolescencia y la convicción inquebrantable de que este mundo no es el único posible. Impulsada por la ola de movilizaciones, IU creció organizativa y electoralmente. Pero la ola no duró lo suficiente y en su fase descendente el proyecto inicial fue progresivamente abandonado.
La crisis de IU se expresó básicamente de tres maneras. (1) El oportunismo del PDNI, Esquerda de Galicia (apropiación oportunista y españolista del Esquerda de Galiza original) y muchos otros que decidieron recolocarse a la sombra el PSOE y los grandes sindicatos, donde se está, sin duda, mucho más calentito que en las calles, los centros sociales okupados y otros espacios del movimiento sin calefacción. (2) El consevadurismo identitario y autorreferencial del PCE, que se negó a afrontar su fin histórico junto al mundo soviético y prefirió iniciar la larga etapa de autoafirmación contra las demás familias de la izquierda de la que todavía no parece haber salido. Y last but not least (3), la salida en cualquiera de sus dos sentidos —de vuelta a casa o hacia la política de movimiento— de un montón de activistas que transitaron por IU en sus años buenos (y entre los que se cuenta quien esto escribe).
Para cuando llegó la siguiente ola de movilizaciones, IU ya no era un instrumento político, sino esa bizarra jaula de grillos que siempre ha conocido la generación altermundialista. La ola iniciada entre Chiapas y Seattle cogió a IU completamente fuera de juego, incapaz de dialogar con una eclosión sin precedentes de otras formas de hacer política y altos niveles de movilización social. Durante el periodo de movilización subsiguiente no habrá mejor evidencia, más real y más cruel para IU, que sus propios resultados electorales (la única herramienta con la que IU se ha querido medir hacia el exterior desde a primera mitad de los noventa). En este contexto de creciente aislamiento del movimiento real, IU irá de refundación en refundación hasta la refundación final.
El interfaz representativo
La ola altermundialista que se desplegó desde finales de los noventa a mediados de los dos mil ha sido un proceso que ha dejado tras de sí una rica experiencia a la par que ha consolidado un importante entramado institucional del movimiento: desde los centros sociales hasta los medios de comunicación alternativos, pasando por una constelación de organizaciones (sindicatos, colectivos, etc.) de distinto tamaño, temática y práctica política. En este sentido, el balance por la izquierda de la última década sin duda es mucho más positivo para la política del movimiento que para la política de partido. A día de hoy el activismo es mucho más fuerte, dispone de mucha más experiencia acumulada y está mucho mejor organizado que a mediados de los años noventa. Por más que los pesimistas de la razón no dejen sus quejas plañideras sobre la ausencia de masas en las calles, los optimistas de la voluntad saben que la multitud no se guía por las estructuraciones hegemónicas del modo de mando leninista. La multitud no se convoca con una circular del Partido, se invoca con el gesto que nace de la siempre difícil conjunción de fortuna y virtu.
No obstante, tampoco hay tanto como para ser triunfalistas. La política del movimiento apenas está dando sus primeros pasos y a pesar de su enorme potencia, la última década arroja interrogantes preocupantes sobre la capacidad de las redes de activistas para conseguir influir sobre los procesos legislativos y la estructura del propio poder soberano del que se escinden y al que se oponen. Mal vamos si la utilidad de las movilizaciones se ha de limitar a echar al PP del poder (o a impedir que vuelva) para que ocupe su lugar el PSOE. Los movimientos necesitan urgentemente un interfaz propio en el gobierno representativo o por el contrario serán víctimas de su propia incapacidad para hacer frente a la deriva neoliberal.
Llegado este punto cabe cuestionarse si el interfaz representativo puede ser construido interactivamente con las organizaciones de partido existentes o si, por el contrario, ha de surgir de las propias redes activistas. A favor de la primera idea encontramos la genealogía común que comparten las organizaciones de partido de izquierda con las redes activistas en la política del movimiento. Aunque por la modalidad de institucionalización seguida hoy pueda costar identificar que en otro momento fueron organizaciones de movimiento, los partidos políticos de la izquierda se originaron en las diferentes expresiones de la política del movimiento (del movimiento obrero surgieron los partidos socialistas y comunistas, de los nacionalismos sin Estado los partidos nacionalistas, etc.).
Históricamente fue el éxito del movimiento el que obligó al poder soberano a readaptar la forma-Estado para acomodar a las elites nacidas de las organizaciones del movimiento. Por medio de la conocida tesis sobre la “ley de hierro de la oligarquía”, Robert Michels mostró ya a principios del siglo pasado las posibilidades de acomodación de las elites obreras. Desde entonces, este mismo patrón de acomodación se ha venido observando en diferentes países de maneras diversas. Las más recientes integraciones de aquellos partidos que se decían “anti-partido” serían el último capítulo de una misma historia (el caso más notorio vendría a ser el de Die Grünen en Alemania).
La crítica a esta primera modalidad de producción del interfaz representativo podría venir de la dependencia que estas organizaciones han originado respecto a sus propias trayectorias (lo que los politólogos denominan path dependency). Al fin y al cabo, vistas las experiencias que desde el movimiento se han hecho con estas organizaciones (a menudo marcadas por fuertes niveles de conflicto resultantes del recurso al poder soberano con una finalidad disciplinaria), no resulta extraño que las redes activistas (especialmente aquellas que han conocido la política de partido de primera mano) guarden una distancia prudencial respecto a los propios partidos políticos.
En este sentido, quien desease reorientar su organización de partido hacia la función de interfaz representativo del movimiento habría de realizar una inversión nada desdeñable de esfuerzo en construir las relaciones de confianza necesarias. Y cuando decimos confianza no nos referimos a tejer redes de complicidad personal, sino a la seguridad que nace de las garantías de una procedimentalidad adecuada, transparente, debidamente institucionalizada. Desafortunadamente, en nuestro entorno inmediato no se observan indicadores significativos en este sentido.
La segunda modalidad con la que producir un interfaz representativo sigue la dirección opuesta a la anterior y parte de abajo, pero no para ir hacia arriba, sino para difundirse horizontalmente de acuerdo con el principio federal. Aunque de manera incipiente y a todas luces insuficiente, el zapatismo ha avanzado algunas ideas estratégicas importantes por medio de sus apotegmas “abajo a la izquierda”, “caminar preguntando” y otros, su ejemplo práctico resulta todavía insuficiente en los contextos de las sociedades postfordistas. En la lógica categorial del eje vertical la legitimidad indudable que se gana de partir desde abajo y en ruptura desobediente con el poder soberano se expone a un pronto agotamiento si se insiste en repetir las fórmulas del pasado (desde el partido obrero de masas a la organización ideológica de vanguardia).
Desafortunadamente, esto es algo que no parecen tener muy claro todavía los activistas de las organizaciones que aspiran a construir el interfaz representativo desde la política del movimiento. La matriz leninista de organizaciones tan variadas como la neotrotskista Izquierda Anticapitalista o los partidos independentistas que habitan algunos proyectos innovadores como las CUP constituye a día de hoy el principal impedimento para la producción del interfaz representativo. El cambio gramatical de nuestros días pasa por hacer definitivo el Good bye Lenin! y no por la explotación de la legitimidad que nace en la desobediencia con fines partidistas. La razón para ello es, si se quiere, paradójicamente leninista: el modelo consistente en transponer la organización fabril al partido de masas que tan bien funcionó durante el fordismo ya no está operativo en el mundo de hoy.
¿Refundar lo irrefundable?
Tras años de broncas, expulsiones y sectarismo, parece que IU se anima a salir por fin de su universo cainita y se dirige de nuevo a la sociedad. La propuesta sería enormemente esperanzadora de no tratarse de la enésima mutación de un mismo conjunto de problemas sin resolver. Y es que a juzgar por documentos e intervenciones, IU se encuentra lejos de configurarse como el interfaz representativo del movimiento que necesitamos. Antes bien, su “refundación” apunta más bien al agotamiento de un modelo abortado (el “movimiento político y social”) y a la necesidad oxigenar una organización exhausta por su propia ineficacia. He aquí algunas razones para el escepticismo:
1. Un discurso ajeno a los cambios del mundo de hoy. A pesar de que en la última década se ha formulado un complejo y rico programa, IU no parece acusar recibo y se sigue moviendo en los márgenes conceptuales e identitarios de la llamada “izquierda transformadora”: la defensa (y no el rechazo) del trabajo, el feminismo de género (y no de su superación), la economía del crecimiento (in)sostenible y el industrialismo productivista, la relación con las tecnologías del (impresentable) canon digital, un republicanismo historicista y desconocedor de su propia teoría, el federalismo simétrico (EUiA frente a ICV), así como un largo etcétera que demuestra que IU sigue anclada en la programática obsoleta de siglo pasado.
2. Un modelo organizativo centralista basado en la hegemonía, la unidad y las grandes estructuras profesionalizadas del gobierno representativo. Contrariamente a lo que piensa IU (y muchos otros), la fragmentación ideológica y organizativa no es un problema, sino una riqueza, el síntoma del decrecimiento político. Sin embargo, IU persiste en operar dentro de un marco monista (el mito de la “unidad de la izquierda”) aspirando (en vano) a encuadrar el pluralismo del movimiento en una organización centralizada.
Como si todavía estuviese en vigor la fábrica fordista, IU sigue enfrascada en la idea de que es posible recomponer un centro de coordinación y decisión bajo su liderazgo (el del PCE). Lejos de haber entendido que la lógica de la representación opera desde la ley electoral (que IU no podrá cambiar) y que, por ello mismo, la unidad sólo se ha de formular en los términos tácticos de obtener los mejores resultados, IU se empecina en articularse como un proyecto homogéneo y homogeneizador sobre un territorio que no lo es.
La propuesta de IU sigue guiada por la reductio ad unum, por la erradicación de la diversidad mediante la producción del consenso hegemónico. Como se apunta en su documento sobre la “convergencia” (noción que es todo un síntoma en sí misma) el pluralismo es sólo una fase temporal previa a la asimilación de la diversidad exterior. Incluso aunque haya gente participando ingenuamente en el proceso, su único objetivo es ampliar la hegemonía del PCE a un nuevo círculo concéntrico. Significativamente, no se plantea la disolución del hegemón de la izquierda española (el PCE) a fin de crear un interfaz donde cada activista sea libre e igual.
3. La participación entendida como plebiscito, no como procedimentalidad democrática. En las ocho páginas del documento Guía para la refundación de la izquierda no se dice nada sobre los procedimientos que han de guiar los espacios de interacción con el exterior. Un solo ejemplo: se hartan de hablar de acabar con la discriminación de la mujer, pero no concretan ni la paridad más elemental. Tampoco se brinda una sola indicación sobre los mecanismos de rendimiento de cuentas y responsabilidades. En buena lógica, participar en este proceso, incluso aunque se coincida con los contenidos ideológicos, es como firmar un cheque en blanco a una organización que ha demostrado —por activa y por pasiva— una incapacidad notable para interactuar con el movimiento fuera de relaciones de dominio (la hegemonía gramsciana mal entendida).
4. El burocratismo sigue marcando por completo el funcionamiento de IU. Contrariamente a la apertura del proceso constituyente, de algo nuevo que exigen las circunstancias actuales, IU opta por un control administrativo del proceso (página 4 de su guía). En rigor, la “refundación” de IU propone los foros como espacios para detectar la realidad externa que se les ha escapado en los últimos lustros sin la menor intención de aplicarse las responsabilidades políticas derivadas de su intervención en todo este tiempo. Se trata de proyectar la organización hacia el exterior como una estrategia de diagnóstico, agenciamiento y captura de la sociedad que se mueve. Incapaz de afrontarse críticamente, IU ofrece tan sólo la mano tendida de la palabra huera, el procedimiento administrativo centralizado y la pluralidad inexistente de su interior.
5. Nacionalismo español. Acorde con la lógica de la reductio ad unum, se sigue reconociendo “España” como referente nacional de la totalidad de la ciudadanía, sin alternativa para las subjetividades que reniegan de la identidad nacional(ista) española. Esto, que de por sí ya es problemático para la ciudadanía en su conjunto, lo es tanto más para sus bases potenciales (el rechazo a eso que se llama “España” aumenta exponencialmente hacia la izquierda). En lugar de reconocer que el espacio a representar es hoy una realidad segmentada, compleja y asimétrica (para la que un modelo confederal seguramente es la única y última oportunidad de articular su territorialidad), IU persiste en salvar “España” de su fracaso histórico como Estado nacional.
6. IU sigue sin reconocer los efectos del neoliberalismo sobre la composición social del activismo (no sólo de clase, sino de género, origen, cultura, etc.). Su proyecto sigue (re)fundándose en la centralidad de la figura del trabajo asalariado estable, masculino, nacional, etc. En lugar de replantearse las estructuras de dominación que dice aspirar a combatir se decanta más bien por reproducirlas en su propia realidad organizativa. Sus planteamientos no rompen de manera explícita con las políticas conniventes de los grandes sindicatos, ni cuestionan los roles de género, el españolismo rampante, etc. Paradójicamente, aspiran a abrirse a un exterior donde esta crítica ya se ha realizado (muchas veces desde IU, contra IU y hacia fuera de IU). Tal es el acervo del movimiento.
Así las cosas, no parece que la refundación vaya a darnos muchas alegrías. Menos aún a servir para construir el interfaz representativo que urge a la política del movimiento. Mientras no se tomen en serio cuestiones como la disolución de los partidos dentro de IU, la procedimentalidad democrática, la aceptación de la disidencia, el principio federal, la autonomía social y demás factores intrínsecos a la producción del interfaz representativo, poco más cabe esperar que una pobre ampliación del círculo de la IU del PCE.
dimecres, de novembre 25, 2009
[ cat ] Xerrada-debat sobre la situació actual en Honduras

Demà dijous 26 a les 13h30 (aula 40.012, Campus Ciutadella de la Universitat Pompeu Fabra)
Xerrada-debat sobre la situació actual en Honduras
Intervenen:
Carlos Arturo Velandia, de l'Escola de Cultura de Pau de la UAB
Raimundo Viejo Viñas, professor de la facultad de Ciències Polítiques de la UPF
Organitza:
Estudiants per Amèrica Llatina
dilluns, de novembre 16, 2009
[ es ] Del medio al mando (…y ordeno)
Publicado por Diagonal, nº 113, págs. 26-27

Dicen que hubo un tiempo en el que las cosas del gobierno representativo estaban mucho más claras. Por aquel entonces, el Parlamento era el lugar donde residía la soberanía, los partidos se encargaban de articular la voluntad general por medio de elecciones (sin ilegalizaciones) y la ciudadanía votaba gracias a que se había formado una opinión a través de los medios. Éstos, por su parte, daban cuenta, lo más objetivamente que podían, de cuanto sucedía en el debate parlamentario, respetando la iniciativa del gobierno y la tarea crítica de la oposición. Y aunque el régimen no era ninguna maravilla, al menos operaba bastante de acuerdo con sus propios principios normativos.
Los nostálgicos de aquel tiempo suelen recordar lo venerables que eran las instituciones, la oratoria de los diputados o las anécdotas parlamentarias de Luis Carandell. Dos canales de televisión públicos, aunque subordinados al poder político, la radio “nacional” (nacional española, claro) y una cantidad asequible de publicaciones periódicas serias configuraban un ágora moderna en la que los opinadores eran valorados por el rigor de sus argumentos. El abanico del pluralismo era tan razonable, que incluso algunos rojos como Vázquez Montalbán o Haro Tecglen podían escribir en los grandes rotativos y ser tenidos en cuenta. El adjetivo “amarillo” se dedicaba a publicaciones como El Caso o Interviú, descalificables y descalificadas ante el público.
Ciertamente, los flujos de información sólo discurrían de arriba abajo, jerárquica y escalonadamente, hasta llegar a un pueblo que poco más podía hacer, finalmente, que limitarse a ejercer su derecho a elegir gobierno una vez cada cuatro años. Pero pocos podrían dudar hoy que aquel régimen estaba razonablemente bien institucionalizado. Era lo que era, pero la ciudadanía podía confiar en cierta congruencia institucional e incluso, desde ahí, movilizarse por una radicalización de la democracia.
Llegaron entonces la reconversión industrial, las privatizaciones de los servicios, la masificación universitaria y toda una serie de procesos inscritos en el programa neoliberal. Gracias a las nuevas tecnologías, la producción se desterritorializó, el trabajo se fue haciendo inmaterial y la sociedad que se decía postindustrial dio paso a decirse sociedad de la información. Los canales de televisión dejaron de ser dos y sólo públicos para privatizarse y multiplicarse en número (que no en pluralismo). Por si fuera poco, a este estallido mediático, vino a sumarse ese ingenio llamado internet; una suerte de tierra de nadie de la información. Y en este big bang comunicativo comenzaron a formarse agregados mediáticos cada vez más grandes, jerarquizados y poderosos a los que llamaron grupos de comunicación.
Desde entonces, los gobiernos y los partidos políticos que aprobaron los marcos legales y elaboraron las políticas que hicieron posible este cambio de facto del régimen se han visto cada vez más deslegitimados en su papel de emisores del discurso público. El Parlamento ha ido perdiendo su centralidad de antaño hasta quedar relegado al papel de un circo donde los argumentos son abucheados o ensalzados con independencia de toda validez argumental. Esta subalternización ha llegado hasta tal punto, que incluso el imaginario parlamentario ha abandonado la sala de plenarios para irse a los pasillos y salas adyacentes donde tiene lugar “la actualidad” (vale decir, la urgencia, la novedad, el escándalo y demás herramientas de la inmediatez y la descontextualización argumental). Y esto cuando no se quedan en los aledaños del Parlamento a manos de reporteros de programas satíricos, comentarios frívolos sobre las apariencias, gustos o modas de sus señorías y otros aspectos no menos morbosos de la sociedad del espectáculo.
El modo de mando del capitalismo cognitivo ha llegado así a su plena madurez. El epicentro de la política se ha desplazado de las instituciones de la soberanía popular a grupos de interés ajenos a los controles institucionales. El escándalo político sirve para instanciar las decisiones sin control de intereses particulares. Gürtel, Millet o Pretoria se suman ahora, cual versiones 2.0, de Filesa, Banca Catalana, Gescartera y el resto de una larga serie de escándalos. Y es que el escándalo, hoy, es mucho más que una ilegalidad, una sorpresa o una indignación pública. Se trata de la pieza sobre la que pivota el mando, la manera en que se deconstituye, a golpes, el régimen político, la forma en que progresa la desdemocratización.
Los grupos de comunicación y no las asambleas o congresos de los partidos eligen ahora a los candidatos. Ellos los construyen y los destruyen; los defienden o los atacan —a ellos y a sus contrincantes— dejando a las militancias la tarea plebiscitaria de refrendar caídas y auges vertiginosos (qué mejor ejemplo que el último gran congreso del PP). Los políticos electos, cada vez más libres del control institucional, buscan las cámaras con desesperación (el control mediático), pero esquivan a toda costa ser víctimas del escándalo. Sus intervenciones en los mítines han pasado a incorporar el argumentus interruptus a fin de satisfacer el único minuto que realmente cuenta: aquel que comienza cuando se enciende la luz roja y se conecta con los informativos. Y el pueblo, entre tanto, disuelto, desafecto, desinformado, zapeando y absteniéndose cada vez más. Una metamorfosis que todavía no sabemos si acabará transformándole en una plebe postmoderna con sus tribunos a lo Belén Esteban o en una multitud rebelde.

Dicen que hubo un tiempo en el que las cosas del gobierno representativo estaban mucho más claras. Por aquel entonces, el Parlamento era el lugar donde residía la soberanía, los partidos se encargaban de articular la voluntad general por medio de elecciones (sin ilegalizaciones) y la ciudadanía votaba gracias a que se había formado una opinión a través de los medios. Éstos, por su parte, daban cuenta, lo más objetivamente que podían, de cuanto sucedía en el debate parlamentario, respetando la iniciativa del gobierno y la tarea crítica de la oposición. Y aunque el régimen no era ninguna maravilla, al menos operaba bastante de acuerdo con sus propios principios normativos.
Los nostálgicos de aquel tiempo suelen recordar lo venerables que eran las instituciones, la oratoria de los diputados o las anécdotas parlamentarias de Luis Carandell. Dos canales de televisión públicos, aunque subordinados al poder político, la radio “nacional” (nacional española, claro) y una cantidad asequible de publicaciones periódicas serias configuraban un ágora moderna en la que los opinadores eran valorados por el rigor de sus argumentos. El abanico del pluralismo era tan razonable, que incluso algunos rojos como Vázquez Montalbán o Haro Tecglen podían escribir en los grandes rotativos y ser tenidos en cuenta. El adjetivo “amarillo” se dedicaba a publicaciones como El Caso o Interviú, descalificables y descalificadas ante el público.
Ciertamente, los flujos de información sólo discurrían de arriba abajo, jerárquica y escalonadamente, hasta llegar a un pueblo que poco más podía hacer, finalmente, que limitarse a ejercer su derecho a elegir gobierno una vez cada cuatro años. Pero pocos podrían dudar hoy que aquel régimen estaba razonablemente bien institucionalizado. Era lo que era, pero la ciudadanía podía confiar en cierta congruencia institucional e incluso, desde ahí, movilizarse por una radicalización de la democracia.
Llegaron entonces la reconversión industrial, las privatizaciones de los servicios, la masificación universitaria y toda una serie de procesos inscritos en el programa neoliberal. Gracias a las nuevas tecnologías, la producción se desterritorializó, el trabajo se fue haciendo inmaterial y la sociedad que se decía postindustrial dio paso a decirse sociedad de la información. Los canales de televisión dejaron de ser dos y sólo públicos para privatizarse y multiplicarse en número (que no en pluralismo). Por si fuera poco, a este estallido mediático, vino a sumarse ese ingenio llamado internet; una suerte de tierra de nadie de la información. Y en este big bang comunicativo comenzaron a formarse agregados mediáticos cada vez más grandes, jerarquizados y poderosos a los que llamaron grupos de comunicación.
Desde entonces, los gobiernos y los partidos políticos que aprobaron los marcos legales y elaboraron las políticas que hicieron posible este cambio de facto del régimen se han visto cada vez más deslegitimados en su papel de emisores del discurso público. El Parlamento ha ido perdiendo su centralidad de antaño hasta quedar relegado al papel de un circo donde los argumentos son abucheados o ensalzados con independencia de toda validez argumental. Esta subalternización ha llegado hasta tal punto, que incluso el imaginario parlamentario ha abandonado la sala de plenarios para irse a los pasillos y salas adyacentes donde tiene lugar “la actualidad” (vale decir, la urgencia, la novedad, el escándalo y demás herramientas de la inmediatez y la descontextualización argumental). Y esto cuando no se quedan en los aledaños del Parlamento a manos de reporteros de programas satíricos, comentarios frívolos sobre las apariencias, gustos o modas de sus señorías y otros aspectos no menos morbosos de la sociedad del espectáculo.
El modo de mando del capitalismo cognitivo ha llegado así a su plena madurez. El epicentro de la política se ha desplazado de las instituciones de la soberanía popular a grupos de interés ajenos a los controles institucionales. El escándalo político sirve para instanciar las decisiones sin control de intereses particulares. Gürtel, Millet o Pretoria se suman ahora, cual versiones 2.0, de Filesa, Banca Catalana, Gescartera y el resto de una larga serie de escándalos. Y es que el escándalo, hoy, es mucho más que una ilegalidad, una sorpresa o una indignación pública. Se trata de la pieza sobre la que pivota el mando, la manera en que se deconstituye, a golpes, el régimen político, la forma en que progresa la desdemocratización.
Los grupos de comunicación y no las asambleas o congresos de los partidos eligen ahora a los candidatos. Ellos los construyen y los destruyen; los defienden o los atacan —a ellos y a sus contrincantes— dejando a las militancias la tarea plebiscitaria de refrendar caídas y auges vertiginosos (qué mejor ejemplo que el último gran congreso del PP). Los políticos electos, cada vez más libres del control institucional, buscan las cámaras con desesperación (el control mediático), pero esquivan a toda costa ser víctimas del escándalo. Sus intervenciones en los mítines han pasado a incorporar el argumentus interruptus a fin de satisfacer el único minuto que realmente cuenta: aquel que comienza cuando se enciende la luz roja y se conecta con los informativos. Y el pueblo, entre tanto, disuelto, desafecto, desinformado, zapeando y absteniéndose cada vez más. Una metamorfosis que todavía no sabemos si acabará transformándole en una plebe postmoderna con sus tribunos a lo Belén Esteban o en una multitud rebelde.
dimecres, de novembre 11, 2009
[ cat ] Les dimensions de la polis
Article publicat pel setmanari Directa, 11 de novembre de 2009, nº 160, p. 4
Tal com està el pati, la presentació de la CUP Barcelona segurament és una bona notícia. L’establishment que ens governa des de fa dècades no només no ha sabut posar fre als mals de la ciutat sinó que, de vegades, els ha afavorit. Confortablement asseguts sobre l’amenaça que puguin arribar al poder les dretes Gürtel i Millet, les esquerres no s’han vist en l’obligació de fer gran cosa (i, com a prova, la invisible presència de l’ERC local). No és d’estranyar que els escassos regidors crítics (algú n’hi ha) transmetin sempre la sensació d’estar una mica desllorigats. Si una CUP Barcelona és capaç de fer les coses d’una altra manera, queda per veure. Però que en qualsevol cas és alguna cosa que mereix el benefici del dubte.
No obstant això, per a qui ens preocupa la possibilitat de desenvolupar models de democràcia alternatius (directes, deliberatius, participatius...) la presentació de la CUP de dimensions metropolitanes també és una notícia inquietant en termes federals i democràtics.
En termes federals, per l’evident asimetria que pot introduir a un procés que fins ara ha estat operatiu en contextos, no per casualitat, de dimensions molt més reduïdes. I si fins ara les CUP introduïen un estímul per a pensar el decreixement (polític), no sembla molt clar de quina manera (per mitjà de quins mecanismes institucionals) s’evitarà el risc de deriva centralista. A més a més, cap a fora de les CUP això es transforma en un problema de cooperació federativa amb les forces diverses d’un municipalisme crític present a l’espai metropolità i que únicament podria trobar acomodació sota alguna forma més o menys dura d’hegemonia del programa ideològic de l’independentisme vintisecular.
En termes democràtics, però, és on la nova CUP planteja interrogants més seriosos. Malgrat que l’organització és més o menys conscient de la necessitat de fer el treball des de baix, encara no ens ha explicat per mitjà de quins mecanismes procedimentals pensa organitzar el contrapoder veïnal que Barcelona necessita. Coneixent la cultura política activista, el que es pot intuir és que els processos assemblearis s’arrisquen a convertir-se en un joc de capelletes sectàries
obsessionades amb construir hegemonies impossibles. Transparència, mandats, rendiment de comptes i responsabilitats (accountability), rotació, paritat, etc., la llista d’interrogants és massa llarga com per a no preocupar-se. Potser no anaven tan desencaminats els sofistes grecs quan discutien les dimensions en les quals era practicable la democràcia.
Tal com està el pati, la presentació de la CUP Barcelona segurament és una bona notícia. L’establishment que ens governa des de fa dècades no només no ha sabut posar fre als mals de la ciutat sinó que, de vegades, els ha afavorit. Confortablement asseguts sobre l’amenaça que puguin arribar al poder les dretes Gürtel i Millet, les esquerres no s’han vist en l’obligació de fer gran cosa (i, com a prova, la invisible presència de l’ERC local). No és d’estranyar que els escassos regidors crítics (algú n’hi ha) transmetin sempre la sensació d’estar una mica desllorigats. Si una CUP Barcelona és capaç de fer les coses d’una altra manera, queda per veure. Però que en qualsevol cas és alguna cosa que mereix el benefici del dubte.
Presentació CUP de Barcelona from Cup de Barcelona on Vimeo.
No obstant això, per a qui ens preocupa la possibilitat de desenvolupar models de democràcia alternatius (directes, deliberatius, participatius...) la presentació de la CUP de dimensions metropolitanes també és una notícia inquietant en termes federals i democràtics.
En termes federals, per l’evident asimetria que pot introduir a un procés que fins ara ha estat operatiu en contextos, no per casualitat, de dimensions molt més reduïdes. I si fins ara les CUP introduïen un estímul per a pensar el decreixement (polític), no sembla molt clar de quina manera (per mitjà de quins mecanismes institucionals) s’evitarà el risc de deriva centralista. A més a més, cap a fora de les CUP això es transforma en un problema de cooperació federativa amb les forces diverses d’un municipalisme crític present a l’espai metropolità i que únicament podria trobar acomodació sota alguna forma més o menys dura d’hegemonia del programa ideològic de l’independentisme vintisecular.
En termes democràtics, però, és on la nova CUP planteja interrogants més seriosos. Malgrat que l’organització és més o menys conscient de la necessitat de fer el treball des de baix, encara no ens ha explicat per mitjà de quins mecanismes procedimentals pensa organitzar el contrapoder veïnal que Barcelona necessita. Coneixent la cultura política activista, el que es pot intuir és que els processos assemblearis s’arrisquen a convertir-se en un joc de capelletes sectàries
obsessionades amb construir hegemonies impossibles. Transparència, mandats, rendiment de comptes i responsabilitats (accountability), rotació, paritat, etc., la llista d’interrogants és massa llarga com per a no preocupar-se. Potser no anaven tan desencaminats els sofistes grecs quan discutien les dimensions en les quals era practicable la democràcia.
dimarts, de novembre 03, 2009
[ cat ] 20 anys de la caiguda del mur.

20 anys de la caiguda del mur.
Per què va passar i quines conseqüències ha tingut?
Dia: 11.11.2009
Lloc Debat matí: Auditori gran.
Lloc Cinefòrum tarda: 40.008
Fa vint anys que va passar el que molts alemanys (i no només alemanys!) consideren un miracle. El mur es va obrir i va donar pas a la unificació de les dues Alemanyes. En primer lloc, volem analitzar les causes del “miracle”: va ser una revolució o una implosió del sistema? En segon lloc, ens preguntem per les conseqüències: perdura el mur en els caps? Quins canvis en la cultura política es van produir?
Programa:
10.15-10.30 Obertura , a càrrec del degans de la Facultats de Ciències Polítiques i Socials, Jordi Guiu, i de la degana de la Facultat d’Humanitats, Mireia Trenchs
10h30-13h15 Presentacions i debats, modera: Raimundo Viejo, Professor associat del Departament de Ciències Polítiques i Socials.
10h30 La caiguda del mur, un miracle?, a càrrec de Marició Janué i Miret, Professora agregada d’història contemporània i secretaria acadèmica de l’IUHJVV.
11h15 Alemanys de l’est i alemanys de l’oest. Les conseqüències polítiques de la caiguda del mur, a càrrec de Klaus-Jürgen Nagel, Professor agregat del Departament de Ciències Polítiques i Socials.
12h00 El mur dins del cap. Les conseqüències culturals de la divisió
Michael Pfeiffer, Professor titular del Departament d’Humanitats i president de l’Associació de Germanistes de Catalunya.
12h45 Debat general
13.15-13.30 Cloenda, a càrrec del director de l’Institut Universitari d’Història Jaume Vicens i Vives, Joaquim Albareda, i de la directora del Goethe Institut Barcelona, Marion Haase.
15.30 Cinefòrum
“El silencio tras el disparo” (Die Stille nach dem Schuss), Dir. Volker Schlöndorff, aprox. 98’, seguït de debat. A continuació, es mostra i es debat el reportatge de TV 3 emès el dia 7.10.1990 “RDA: de Marx a marcs”.
Organitza i presenta: Assemblea d’Humanitats
Organitzadors:
Facultat de Ciències Polítiques i Socials
Facultat d’Humanitats
Institut Goethe de Barcelona
Institut Universitari d’Història Jaume Vicens i Vives
Assemblea d’Humanitats
Associació de Germanistes de Catalunya
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