dijous, d’octubre 20, 2011

[ es ] [ NEM 8 ] ¿Contra qué se lucha desde el 15M?


El despliegue del movimiento desde el 15M es una progresión que de momento no ha cesado de sorprendernos. Cada vez que se ha querido dar por liquidado, el movimiento se ha rekombinado y ha vuelto a desafiar al mando: así sucedió tras las elecciones municipales, cuando los medios daban ya por finalizado el ciclo; o tras la patética tentativa frustrada de desalojo de Plaça de Catalunya, cuando el movimiento todavía no había decidido marchar (cosa que hizo cuando le pareció oportuno); y también tras el bloqueo del Parlament, cuando todo el estamento político sin excepción (para mayor vergüenza de la izquierda) se avino a una impresentable declaración institucional que no era sino la lamentable expresión de subalternidad y acomodación en un modelo de democracia obsoleto. Por si todo esto no fuera suficiente, el 15O volvió a ocurrir: la ola se difundió por medio de Occupy Wall Street y superó todos los diques que en vano han intentado interponer los Estados nacionales. 

Y es que el ciclo de movilizaciones en curso, que nadie se engañe, es un ciclo constituyente, rupturista, antisistémico. Los marcos interpretativos que lo mueven ("no nos representan", "este sistema lo vamos a cambiar", etc.) no son la reivindicación de un giro de política económica (de un cambio en el sistema -como en el alemán Systemwandel), sino de una ruptura con el presente estado de cosas (un cambio de sistema o Systemwechsel). Mal funcionan ante un acontecimiento de esta magnitud los aparatos conceptuales de la teoría liberal de los movimientos sociales.


Derrumbando los otros muros

Recientemente alguien me recordaba, no sin cierta razón, que este proceso recuerda al ciclo que acabó derrumbando el Muro de Berlín. Muy especialmente por el proceso autónomo de movilización que cobra fuerza en el mantenimiento de la acción desobediente y en la inacción del mando que, incapaz de comprender lo que sucede, confía al buen funcionamiento del régimen su propia estabilidad. Basta con pensar un momento la seguridad con que se vuelve a apostar por el juego electoral de la democracia representativa para liquidar la pugna de legitimidades que hoy se abre paso entre mando y movimiento. 

Como si unas elecciones pudiesen zanjar un debate constituyente, el estamento político se confía a la convocatoria electoral como si fuese capaz de conjurar por sí sola la ruptura en curso. Sintomáticamente, nadie se está preguntando por las motivaciones de las redes activistas, por las fuentes de su apoyo social, por las instancias en que encuentra la legitimidad para seguir mutando, desafiando, progresando... Y es que como venimos insistiendo desde hace tiempo tal vez el 15M no sea ajeno a las elecciones, pero éstas si son ajenas al 15M.

Encuestas sin electores, elecciones sin encuestados

Pocos indicios mejores para comprender esta cuestión que la nula incidencia (actual) del movimiento sobre las encuestas de opinión. Si el PSOE no cesa de caer en las encuestas a pesar de sus guiños cicateros al 15M, si la izquierda subalterna del PSOE (la que se ha acomodado a compartir ínfimas cuotas de poder local y autonómico) tampoco sabe traducir en votos los manifestantes de las calles es por el sencillo hecho de que no se están produciendo los alienamientos de marcos interpretativos que serían precisos. Más aún, no sólo no se están produciendo, sino que difícilmente se podrían llegar a producir sin un cuestionamiento real, profundo y efectivo de los propios proyectos políticos (cosa que estamos a años luz de llegar a ver).


Las próximas elecciones serán elecciones de fraccionamiento, de derrumbes, de impotencias y, sobre todo, de una falsa y, por ende, doblemente ilegítima mayoría de la derecha. A los conservadores, no es preciso decirlo, ya les vale con una lectura estática del funcionamiento del régimen. A la izquierda, por lo visto, no le importa.


Movimiento versus automatismo


Así las cosas, cabe preguntarse contra qué se lucha realmente desde el 15M. La respuesta no es el gobierno, no es la derecha, no es siquiera los políticos y banqueros; no agencia alguna de la política moderna. Se trata por el contrario del automatismo. Contra lo que se despliega hoy el poder constituyente es contra el progreso de la interiorización de los automatismos en que se basa el capitalismo cognitivo. Nos referimos a automatismos como el introducido con la reforma constitucional; fórmulas que sustraen la política al terreno de lo político, que transforman la política en una cuestión de gestión y policía para el mando y de obediencia heterónoma para el cuerpo social.

A lo que estamos asistiendo hoy es a una revuelta que se quiere replantear los términos en que se ha de definir la agencia política; una revuelta que se plantea reinstituir el control democrático de la economía, y más allá de esta misma del mundo de la vida que progresivamente ha sido colonizado por los dispositivos semiocapitalistas. No es, empero, cuestión de volver atrás, de recuperar el humanismo perdido. No volveremos a ser humanos. Con la organización del movimiento sobre la base repertorial modular a la que dan soporte inmaterial las redes sociales en ese permanente ir y venir de la plaza a la red y viceversa, hemos dado un salto definitivo en el devenir ciborg de las expresiones políticas del antagonismo. Nada de malo hay en ello, siempre que la agencia no devenga automatismo.

El 20N sólo habrá acabado una cosa: lo que acaba de comenzar.