Original del artículo enviado al Diagonal aparecido en el Nº 227, págs. 28-29 (17 de julio)
“Si
los catalanes se quieren marchar, no hay nada que discutir”,
así hablaba Pablo Iglesias el 19 de enero en una entrevista con
Vilaweb, y añadía a continuación: “soy
patriota; para mí ser patriota no tiene nada que ver con amenazar a
catalanes o vascos, ni decir que el ejército tiene que salvaguardar
la unidad de la nación. Quienes se llenan la boca con la palabra
España son los mismos que tiene cuentas en Suiza y destruyen los
servicios sociales”.
No
hace falta ser muy perspicaz para percibir el carácter inusual de
este enmarcamiento de la cuestión nacional. Y no solo por sus
contenidos, sino por quien los enuncia y desde donde lo hace. No es
casual. Lo que antes se decía “izquierda” ahora asiste a un
terremoto sobre los significantes clave del discurso que hasta se
creían patrimonio de la “derecha”: España, nación, patria,
pueblo, Estado, soberanía... Esta reorganización del marco
interpretativo general no habría salido de la anécdota académica
de quienes lo han ideado si con ella no se hubiese alterado de forma
decisiva el panorama electoral. Y es que a juzgar por los resultados
de Podemos, el conjuro del aprendiz de brujo ha funcionado.