dimarts, novembre 01, 2011

[ es ] Lo que está en juego

[ nota: el siguiente artículo, escrito para la revista astur Atlántica, se nos extravió por el ciberespacio (don't worry Diego! :-), por lo que no llegará a ver la luz en papel. Lo dejo aquí por si estas reflexiones escritas en caliente el 15O todavía son de interés ]


En el momento en que se escriben estas líneas, se completa una revolución; una jornada global de movilizaciones que amaneció en Tokio y Seúl y se extendió a lo largo del día a través de más de mil ciudades en todo el planeta. El éxito de la convocatoria ha sido total, desbordante. La participación multitudinaria del género humano en una demostración conjunta de ruptura política con la cleptocracia financiera es un hecho. La iniciativa política hoy es del movimiento. El G20 ya sólo mira impotente para otro lado

Una genealogía

En términos genealógicos, el 15O se traza y proyecta desde la ocupación de Wall Street, desde los riots en Gran Bretaña, desde el 15M, desde las revoluciones en el mundo árabe, desde las revueltas helénica y de la banlieue; desde la innumerable serie de ciclos que impulsan sinérgicamente esta nueva ola global. Y no sólo desde los aciertos de estos procesos, también desde sus errores. No hay un camino trazado hacia un fin, un telos que guíe la historia: se trata del regreso de lo político, de la reapertura de la posibilidad frente al “no hay alternativa”, del doble juego combinado —antagonista para con el mando, agonista entre las singularidades de la multitud— que impulsa el movimiento. 

En esta mañana del 16 de Octubre, el mundo asiste a la emergencia de una nueva ola global de movilizaciones; una ola que en nada desmerece de aquella otra precedente que se inició en Chiapas el 1 de enero de 1994 y se desplegó por Seattle, Praga, Barcelona o Génova hasta alcanzar el 15F (fecha de la jornada de movilización global contra la Guerra de Iraq). Para la actual ola, sin embargo, el devenir global no es una novedad; es un punto de partida. 

La política del movimento

Tras el 15O, la política del movimiento —esa forma de hacer política otra, distinta de las políticas del notable y del partido— avanza imparable hacia su madurez. Y la política del movimiento no opera en los limitados horizontes espaciotemporales del territorio estatal y la legislatura parlamentaria. Por esto mismo, leer el 15M en términos de los alineamientos políticos estatales excluyentes que protagonizan los partidos políticos y sus notables es tan irreal como absurdo si se quiere comprender qué está pasando. Los partidos se han quedado fuera de juego; y el movimiento lo ha gritado a los cuatro vientos: “no nos representan”. 

A pesar de ello, la “izquierda”, con su casta de burócratas de partido, sindicales y funcionarios, no es capaz de otra cosa que pensar hasta la neurosis en el 20N como el solo escenario de la única política posible; tal es su estrechez de miras. El movimiento, empero, no habla en términos de izquierda y derecha, sino de arriba y abajo. O mejor aún, de cómo las de abajo se han decidido a no sostener a los de arriba. Por eso al “no nos representan” sigue un “este sistema lo vamos a cambiar”. 

Una ruptura constituyente

Y es que lo que está en juego no es ya un simple cambio de orientación o de gobierno; esto es cosa ya de una ruptura constituyente. Que nadie se sorprenda si el conservadurismo se hace fuerte electoralmente, pues su lugar político siempre ha sido y es el del status quo. Ahí siempre ha sido y será el caballo ganador. No habrá tampoco sorpresa en que la izquierda se derrumbe ni en que la izquierda más a la izquierda no rentabilice electoralmente el derrumbe de la izquierda más a la derecha. El movimiento no pide una “refundación” de la izquierda, promueve su “refundición”. 

Con todo, tampoco se debe soslayar la crisis de la representación. El escenario posterior al 20N debe ser incorporado en el razonamiento estratégico repensando la política más allá del marco constitucional. La ruptura constituyente reclama para sí una producción institucional autónoma, la producción del régimen político del común. El movimiento debe demostrar hoy que el error fatal del neoliberalismo ha sido confiar los sujetos productivos a su suerte. La subjetivación antagonista debe favorecer instituciones que favorezcan la política del movimiento. Es posible, está sucediendo.